Lo Último

Criar es la última rebeldía

Por Fabiana Cianfanelli

Antes que nada, digo “no me peguen, soy Giordano”, por las dudas vengan de a miles a discutir la columna.

Cabalgamos una época que no te ordena, te invita. Te habla como ese amigo pesado que “sólo quiere lo mejor para vos”, mientras te ofrece un menú infinito de opciones. Hacé lo que quieras. Sé quién querés. No te ates. Protegé tu placer como si fuera el último carpincho sobre la tierra. Todo en modo borrador, editable, con opción a devolución. Pero una vida llena de opciones se parece a la libertad, aunque funciona como un algoritmo: todo compite, nada se asienta. Y si nada se asienta, vos vivís flotando en un charco de ansiedad.

Bajo este sistema, tener hijos es, objetivamente, una idea pésima. Es un error contable. ¿Por qué entrarías en algo que pesa, que te quita el sueño y que, a diferencia de una suscripción de Netflix, no podés cancelar después del mes de prueba? Si el ideal es no quedar atrapado, criar es la celda de máxima seguridad. Y, sin embargo, aparece la frase que te descoloca el maxilar: —¿Vos vas a estar siempre?

Ahí te das cuenta de que tu hijo no quiere un debate sobre la fluidez del deseo; quiere una garantía extendida. Pide tiempo. Tiempo a secas. Presencia física, de esa que te deja olor a leche hervida en la ropa. Esa frase no viene a negociar. Viene a cobrarte la factura de la existencia.

Ahí entendés que todo lo anterior —lo que te parecía grandioso, los logros que posteabas en LinkedIn, esa identidad que te habías fabricado con tanto esmero— se achica. No porque no valga, sino porque cambió el sistema de medida. Pasaste de medir tu éxito en clics a medirlo en la capacidad de mantener vivo a un cachorro humano que parece decidido a desafiar las leyes de la física y la seguridad doméstica.

La decisión de tener hijos es entrar en lo irreversible. Podés extrañar tu vida anterior, podés añorar esas mañanas de domingo donde dormías hasta las doce, podés criticar tu presente mientras limpiás un puré sospechoso de la alfombra. Pero no podés deshacerlo. Para criar, traicionamos a nuestro “yo” del pasado —ese que era el centro del universo— para cabalgar un futuro incierto que ni siquiera es nuestro.

Yo estoy a favor de criar hijos por un motivo poco romántico: porque es lo más grande que hice, precisamente por lo mucho que me quitó. Me quitó el escenario. Me quitó el papel de protagonista. Me quitó las excusas de “me estoy encontrando a mí mismo”. Y me dejó una obligación simple, casi prehistórica: estar. A cambio, me devolvió algo que el mercado me había robado: la sensación de ser necesario. Trascender no es dar una charla TED; es ser indispensable para alguien que no sabe atarse los cordones. Como diría Zygmunt Bauman, en un mundo de vínculos líquidos, el hijo es el único sólido que no se disuelve ni con lavandina.

La crianza produce biografía. Por eso, paradójicamente, el tiempo rinde más. La rutina no te roba la vida, te la vuelve legible. Tener hijos no te seduce con luces de colores: te fija. Te ancla. Te vuelve menos flexible (especialmente la espalda). Y esa pérdida de libertad te ordena los patitos en la fila.

Se llama renuncia, pero se siente como pertenecer. Te saca del átomo solitario y te vuelve miembro de una pequeña comunidad doméstica que funciona como una pyme al borde de la quiebra, pero con mucha mística. No se argumenta, se practica.

Y ni les cuento cuando irrumpe la ternura. Al principio no está siempre. Hay mucho de improvisación y de mirar tutoriales en YouTube para ver cómo se saca un moco. Pero con los años aparece algo que no se parece a nada. La ingenuidad como confianza radical en vos, aunque sepas perfectamente que no tenés la menor idea de lo que estás haciendo.

La ternura te desprograma. Te rompe el personaje de “sujeto exitoso” que te contabas frente al espejo. Vivir con un niño es una ventana a tu propia infancia y un recordatorio de que somos una especie necesitada. Te pide certezas donde vos solo tenés dudas. Y de repente te descubrís repitiendo frases de tu viejo que juraste que jamás saldrían de tu boca.

Con un hijo dejás de ser un individuo suelto para ser un eslabón. Criar es aceptar que vas a ser un antepasado, un recuerdo en una foto digital, incluso si nunca pensaste en el futuro más allá de las próximas vacaciones.

Nada de esto es propaganda. Criar también rompe cosas: la pareja se mira como dos sobrevivientes de un naufragio, el sexo se convierte en una actividad de logística militar, el cuerpo cambia de código postal y la economía se vuelve un deporte de riesgo. Si omito esto, miento.

Pero el argumento contra procrear es simple: el mundo duele y es un caos. Justamente por eso me importó cuidar. La crianza no explica el universo, pero da un “para quién”. Y en este siglo, tener un “para quién” es el único lujo que realmente vale la pena. En un mundo donde todo es descartable, que alguien te necesite para entender por qué el cielo es azul o por qué hay que lavarse los dientes te obliga a reconciliarte con la realidad. No necesitás que el universo tenga sentido; necesitás que el mundo de ese niño sea lo suficientemente seguro hoy.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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