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Tecnología en niños y adolescentes: ¿cómo acompañarlos?

Por Lic. Ruth Erica G Ancona*

En los últimos meses, se ha vuelto cada vez más frecuente recibir en consulta a familias preocupadas por el uso que sus hijos hacen de la tecnología. Nos enfrentamos a nuevas formas de malestar y conflictos que giran en torno a una misma pregunta: ¿cómo acompañarlos, contenerlos y guiarlos sin perder el vínculo?

Muchas veces, ante estas situaciones, adoptamos posturas de autoridad que se sostienen en castigos, restricciones o amenazas. Si bien estas respuestas pueden generar cambios inmediatos, su efecto suele ser breve y, en ocasiones, profundiza la distancia con nuestros hijos.

Hoy más que nunca necesitamos construirnos como figuras de sostén, como espacios seguros y disponibles. Ser para ellos algo así como un aeropuerto: un lugar al que siempre puedan volver, sin importar cuán lejos hayan volado.

Para lograr esto, es clave establecer límites claros, sí, pero también construir un marco de contención donde las consecuencias estén vinculadas a las conductas —y no a castigos punitivos. Esta diferencia, sutil pero profunda, es lo que permite el crecimiento saludable y sostenido de niños y adolescentes en un mundo atravesado por pantallas.

El uso excesivo de tecnología tiene consecuencias. Diversos estudios advierten sobre el vínculo entre la sobreexposición a pantallas y el aumento de síntomas como ansiedad, irritabilidad, dificultades de atención, alteraciones del sueño y aislamiento social.

En niños pequeños, el consumo temprano de dispositivos puede interferir en el desarrollo del lenguaje, la regulación emocional y las habilidades sociales. En adolescentes, el riesgo se amplía al incluir fenómenos como la hiperconectividad, la dependencia a redes sociales o videojuegos, y una distorsión del autoconcepto alimentada por ideales inalcanzables.

Pero no se trata de demonizar la tecnología. Se trata de comprender que no todo uso es dañino, y que el impacto depende en gran parte del contexto emocional y relacional en el que ese uso se da.

Los adultos somos modelos, incluso cuando no decimos una palabra. Cómo usamos la tecnología también educa. Nuestros hábitos son observados y replicados por nuestros hijos.

Por eso, acompañar a nuestros hijos en este tiempo implica revisar también nuestras propias prácticas. ¿Interrumpimos una conversación para mirar el celular? ¿Llevamos el teléfono a la mesa? ¿Somos capaces de desconectarnos por unas horas?

El rol del adulto es ofrecer presencia, regulación y guía. No se trata solo de limitar, sino de habilitar otros espacios: el juego compartido, la conversación cotidiana, el aburrimiento fértil, el vínculo real.

En definitiva, educar en tiempos de tecnología no significa prohibir ni ceder por completo. Significa acompañar. Sostener. Estar disponibles. Y, sobre todo, generar ese espacio emocional al que los chicos puedan regresar cada vez que lo necesiten. Ese “aeropuerto” simbólico, donde siempre habrá alguien esperando, con los brazos abiertos.

*Lic. Ruth Erica G. Ancona (M.N. 68951 | M.P. 99043)

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