Hace unos días leí que, según una investigación publicada en Psychology and Aging, la ira en adultos mayores podría ser más perjudicial para la salud física que la tristeza. Me llamó la atención. Me quedé pensando en que hace poco nuestra vida giraba alrededor de un mundial de fútbol.
A medida que avanzábamos de fase llegaban “pendejadas” de afuera. Uno pensaba que era culpa del algoritmo de nuestras redes, que sólo nos las traían por habernos detenido en el posteo de un hater. Inclusive pensé que servía tener un enemigo que nos active y nos motive. Pero a medida que pasaban las semanas, el murmullo social se transformó en algo más.
Ya sabemos que, si nosotros decimos “Brasil, decime qué se siente”, es razonable que nos devuelvan el golpe. No olvido las fricciones históricas, también con Uruguay y Chile. Reconozco que me duele más el rencor que expresan los uruguayos, pero bueno. Adoro Uruguay y quizás por eso no lo entiendo. De mi parte, todo es amor y paz.
Son rivalidades que entran en el orden de lo atendible. Parte del juego. Lo que llamó la atención es que se sumaron varios países a los que teníamos como “amigos” o eventualmente “neutrales” que ahora se unieron al team hostil. Se generó una conversación agresiva y persistente. ¿De cuántos? Quién lo sabe. Para algunos, muchísimos. Para mí, pocos, pero ruidosos. Locura del algoritmo y de la paciencia que tiene cada uno en dedicarle tiempo a las redes. ¿Será por eso por lo que no quiero descargar TikTok?
Y ustedes preguntarán ¿qué tiene que ver la investigación científica con los haters anti Argentina? Tengan paciencia. Ya llego.
Vivimos en un mundo difícil. Está claro. Donde los mensajes de odio no sólo ocurren de país a país, sino en una misma sociedad. Naturalizamos maltratarnos, o destratarnos. Nos acostumbramos a estar siempre a la defensiva o, lo que es peor, en posición de ataque. De allí que se puso de moda la mirada de sesgo, inclinándonos solamente hacia aquellas ideas que son las nuestras. Perdimos la capacidad de escuchar a quien piensa distinto. Escuchar, dije. Dejar que ingresen múltiples voces y analizar lo que nos dicen. Quien piensa distinto puede tener razón, en todo o, al menos, en parte.
¿No les pasa que están conversando con alguien y de pronto el intercambio se convierte en un frente de batalla? Se hace difícil conversar. Y entonces pueden suceder dos cosas, o mejor dicho tres: el silencio; hablar sólo con quien piensa igual o hablar con otros sólo para destilar veneno. Y allí es donde enlazamos esta conversación.
Nuestra conversación pública se convirtió en un lodazal. Le echaremos la culpa a la polarización extrema, al peso del insulto sobre el argumento y a la lógica de las redes sociales que premia el escándalo. Convengamos que se hace cada día más difícil acordar, consensuar. Se empobrece la conversación, la confrontación importa más que el argumento.
¿No se sienten agotados de escuchar odiadores seriales, algunos con megáfono incluido que amplifica su discurso (léase comunicadores), hombres y mujeres que sólo negocian su riqueza y envenenan a la sociedad?
Y ahí vuelvo a la investigación que les mencionaba al principio. Porque no hablaba solamente de cuerpos individuales que envejecen. También nuestra conversación colectiva es un cuerpo, y ese cuerpo también envejece. Y lo que la ciencia confirma para las personas mayores parece aplicarse igual a las sociedades, no es la tristeza, ni el desacuerdo, ni el disenso lo que más nos enferma. Es la ira sostenida, el maltrato naturalizado, el sesgo que ya no nos deja escuchar al que piensa distinto.
Y vuelvo al principio, la tristeza duele, pero elabora. La ira, en cambio, solamente corroe. Y un cuerpo social que sólo sabe indignarse, tarde o temprano, enferma.
Como rescata la serie After Life (la recomiendo fuerte) “un día comerás tu última comida, olerás tu última flor, abrazarás a un amigo por última vez. Puede que no sepas que es la última vez. Por eso debes hacer todo lo que amas con pasión”.
El mundo no se arregla en una sobremesa ni en un posteo. Pero cada uno tiene un espacio, una familia, una comunidad. La convivencia en esos espacios no se resuelve a los gritos.
El mundo no se arregla en una sobremesa ni en un posteo. Pero cada uno tiene un rincón. Y ese rincón no se cura a los gritos. Los viejos sabios no discuten con el árbol, lo plantan, aunque sepan que no van a sentarse bajo su sombra. Esa es toda la ambición que hace falta. La otra opción ya la probamos, y nos está enfermando.
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