En un mundo diseñado para la interrupción, las universidades de élite han comenzado a desplazar su interés de los currículums perfectos hacia una habilidad casi extinta: la atención sostenida. Ya no importa cuánto haces, sino cuánto tiempo sos capaz de permanecer en un solo lugar.
Durante décadas, el camino a Harvard, Yale o Princeton se pavimentaba con una acumulación frenética de logros: puntajes perfectos en el SAT, capitanías de equipo y una lista interminable de actividades extracurriculares. Sin embargo, el viento está cambiando. En las oficinas de admisiones de la Ivy League, donde las tasas de aceptación caen por debajo del 5%, los evaluadores han comenzado a rastrear un rasgo que no se puede medir con algoritmos: la capacidad de profundidad.
Si llegaste a leer hasta esta tercera oración sin haber desbloqueado el celular para ver si alguien le dio «me gusta» a la foto de tu cena, felicidades: tenés el perfil que Harvard está buscando. Mientras el resto del mundo tiene la capacidad de concentración de un pez dorado con déficit de atención, las universidades de la Ivy League han decidido que su nuevo examen de ingreso no es una prueba de matemáticas, sino una tortura medieval moderna: quedarse quieto pensando en una sola cosa.
El foco ha pasado de la cantidad a la continuidad. La pregunta implícita para los postulantes hoy es: “¿Sos capaz de sostener una pregunta el tiempo suficiente hasta que aparezca una respuesta compleja?”
Antes, para entrar en Yale necesitabas hablar tres idiomas, haber fundado una ONG en Nepal y tocar el violonchelo con los pies. Hoy, parece que basta con demostrar que podés leer un libro de 200 páginas sin sufrir un micro infarto si no hay un video de TikTok explicándolo al lado. En un giro irónico del destino, el superpoder del siglo XXI no es sólo la inteligencia artificial, sino la capacidad humana de no distraerse con el vuelo de una mosca.
Este cambio de paradigma no es caprichoso. Responde a una crisis documentada por expertos, como el psicólogo Jonathan Haidt. En su obra La generación ansiosa, Haidt advierte cómo la infancia “basada en el teléfono” ha erosionado la capacidad de autorregulación.
Las universidades están recibiendo estudiantes brillantes pero fragmentados. Jóvenes que pueden navegar simultáneamente veinte pestañas de un buscador, pero que colapsan ante un texto de 50 páginas o una investigación que no ofrece resultados inmediatos. La atención sostenida se ha vuelto un filtro de supervivencia académica: la educación de alto nivel sigue exigiendo lentitud, y quien no la tolera, fracasa.
¿Cómo detecta un evaluador esta capacidad? La atención deja rastros. Los comités de admisión están priorizando proyectos de largo aliento: investigaciones originales que duraron años, no meses; artes y oficios: prácticas que requieren repetición y tolerancia a la frustración (como la música clásica o la carpintería); resistencia a la novedad: candidatos que profundizaron en un solo tema en lugar de saltar de un club escolar a otro cada semestre.
Los evaluadores distinguen entre un proyecto armado para impactar y uno sostenido en la dificultad. El primero luce pulido; el segundo, vivido.
Esta tendencia no es exclusiva de las aulas. En Dinamarca, el Statens Museum for Kunst utiliza el “slow looking” (mirar despacio) para tratar la ansiedad. En las facultades de medicina de Yale y Columbia, se enseña a los futuros médicos a observar una obra de arte durante 20 minutos sin hablar. El objetivo es el mismo: entrenar el ojo para ver lo que otros pasan por alto debido a la prisa.
Existe, sin embargo, una lectura social compleja. La capacidad de atención se está convirtiendo en un mecanismo de élite. Los estudiantes que crecen en entornos con menos invasión digital y más mediación adulta tienen una ventaja estructural. Se está gestando una nueva aristocracia del pensamiento en el silencio y la continuidad. En este sentido, la atención no es sólo una virtud, sino un nuevo marcador de clase.
En la economía de la atención, donde cada aplicación lucha por robarnos un segundo más, quedarse quieto es un acto de rebeldía. La “piedra preciosa” del futuro será quizás no el conocimiento —que ya es ubicuo—, sino la capacidad de no mirar hacia otro lado cuando el camino se pone difícil.
Así que, si lograste llegar al final de este artículo sin desbloquear el celular ni saltar a otra pestaña, demostraste que todavía sos el dueño de tus propios ojos en un mundo que intenta subastarlos al mejor postor cada segundo. En el gran examen de la realidad, la única pregunta que realmente importa es: ¿seguís ahí?”
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