Ustedes ya saben que todo lo que escribo surge de algo que escuché, que me pasó o que está ocurriendo en el mundo. Como el mundo está muy tranquilo, apenas algunas guerras, algunos atentados, fenómenos climáticos raros y un Papa que se opera sin que sepamos si hay que preocuparse o no, esta columna arranca por lo que le pasó a una amiga.
Su mamá, una señora grande que vive lejos, tuvo una urgencia médica. Mi amiga armó el bolso y salió disparada a ponerse la situación al hombro. Nada nuevo bajo el sol, muchos de ustedes habrán tenido sus corridas por algún familiar y habrán puesto el cuerpito gentil frente al incendio.
Lo que me llamó la atención fue lo que pasó después. Empezó a aparecer gente. Uno que se puso al frente de los trámites, ese laberinto de papeles, autorizaciones y ventanillas que parece diseñado para gente sin ninguna urgencia. Otro que movió cielo y tierra para conseguir en horas lo que normalmente tarda semanas. Alguien que no podía hacer nada de eso y mandaba un mensajito todas las noches. Y de a poco se fue formando una red tan densa que ella pudo sostenerse ahí.
Me fascina más que cualquier truco de magia. Son redes de carne y hueso, hechas de gente que tenemos agendada como “Claudia del cole” o “Gustavo vecino” y que casi no registramos como parte de nuestro ecosistema. Hasta que suena la alarma y resulta que Claudia del cole conoce a alguien en el hospital y Gustavo vecino sabe exactamente qué formulario hay que llenar. Cada uno con su granito.
Hasta escuchar cuenta. Preguntar el famoso “¿cómo estás?”, pero no para que te contesten “todo bien”, sino dejando lugar para que el otro se desahogue.
Ahora, también está el otro team. El de “cualquier cosa avisame”, dicho con la misma convicción con la que uno dice “tenemos que vernos”. Salís a pedir ayuda a quien estabas segura de que te la iba a dar, y donde esperabas un oasis te encontrás una pared. ¿Y eso cómo se digiere?
Algunos exagerados dirían que es una puñalada. Yo, que tengo algunos años y algunas cicatrices, cada vez le doy menos trascendencia. En el fondo habría que agradecerle al universo, que se tomó el trabajo de mostrarnos la verdadera cara de esos “amigos”.
Pero no voy a hacerme la canchera, duele. Pedir ayuda es quedarse en bolas delante de alguien. Es mostrar que no podés sola, justo eso que uno preferiría guardarse. Y si del otro lado te cierran la puerta, la tentación es replegarse y jurar que nunca más.
Yo voy, por lo contrario. Soy de las que promueven el SOS de todo tipo y a toda hora, porque estoy convencida de que el mundo está hecho mayormente de gente generosa. Lo que pasa es que es silenciosa. No anda contando a quién ayudó ni se cuelga el cartel de generosa, no lo necesita, porque lo es. Los que gritan su solidaridad a los cuatro vientos suelen ser los que menos hacen. Para ellos es marketing. Quien se ofrece de corazón, a veces sin que nadie se lo pida, no anda buscando likes.
Mi amiga está con la situación más encaminada y bastante menos sola de lo que imaginaba cuando armó el bolso. Esa red sigue ahí, aunque ya no suene la alarma.
No siempre la tormenta nos encuentra con paraguas, piloto y botas. A veces nos agarra en patas. Y no está mal pedir que alguien nos haga un lugarcito bajo su paraguas, o que se pegue un pique a buscarnos un par de zapatos.
Hoy por mí, mañana por ti. Así era, ¿no?
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