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viernes 6 de noviembre de 2026

Lo Último

Made in China

Por Fabiana Cianfanelli

Hace un tiempo que vengo pensando en cómo será mi vejez. Ya me conocen, soy optimista y organizada, así que proyectar los próximos veinte o treinta años no es una locura en mí. Lo curioso es que mis pensamientos no van hacia el dónde ni hacia el cómo. Van hacia el con quién.

Saben que me gusta escuchar, sobre todo a desconocidos. De ellos se aprende más, porque cuentan sus historias sin el filtro que les ponemos a los cercanos. Se acercan a contarte sus mambos porque necesitan una oreja. A veces alcanza con eso y a veces hace falta un abrazo. Hace poco me crucé con una de esas personas, una señora con muchos años encima. Cuando la saludé, no me devolvió el típico “bien, ¿y vos?”, sino algo mucho más honesto: “Y sabés, mi cabeza a veces me hace unas jugadas que me dejan aturdida”.

Ese mismo día leí que en China está creciendo la industria de la soledad. Sí, tal cual lo leen. Ustedes pensarían que los chinos, que nos llevan casi un siglo de ventaja, habían inventado un chip que te ponen en el cerebro y te fabrica felicidad. Pues no. Lo que inventaron es más viejo que la rueda, compañía. Hay empresas que venden “conexión humana”. Te llevan un plato de comida caliente, te acompañan al médico, te ayudan con un trámite o simplemente se sientan un par de horas a charlar. Ya mueve miles de millones de dólares.

Las causas son varias. Están los migrantes rurales que se van a la ciudad y dejan atrás sus redes, los graduados que se radican en la otra punta del país y los viejos que se quedan solos en casas que alguna vez estuvieron llenas. Una de las historias que leí era la de una mujer de noventa y un años, en las afueras de Pekín, que cuando quería hablar con alguien le hablaba al televisor.

Hasta acá, todo encaja con lo que yo venía pensando, la soledad como asunto de la vejez. Pero no. Buena parte de los clientes son jóvenes. Pagan a alguien para que los acompañe a correr, a hacer trekking, a pasear o a comer un hot pot, que allá es la comida que se comparte por excelencia. Chicos de veinticinco que alquilan un amigo para no sentarse solos a la mesa. Yo creía que la pregunta “¿con quién?” era de mi edad. Resulta que se la hacen antes.

Ahora, antes de escandalizarnos, mirémonos un poco. ¿Qué es la peluquería de barrio sino compañía con secador incluido? ¿Y la manicura, el kinesiólogo, el mozo del café de siempre que ya sabe cómo tomás el cortado? Los chinos no inventaron nada. Nosotros lo llamamos “ir a hacerse las manos”. La diferencia es que ellos le pusieron nombre y precio, y nosotros todavía hacemos como que vamos por las uñas.

Ustedes me dirán, bueno, China es China. Les cuento entonces que en el Reino Unido un informe calculó que más de nueve millones de personas, casi el 14% de la población, se sentían solas siempre o casi siempre. La respuesta fue muy británica, en 2018 nombraron una ministra de la Soledad.

Alguna vez les hablé de la soledad elegida, esa a la que le inventé un nombre, solitud, justamente para separarla de la otra. La de hoy es la no deseada. La que llega sin avisar, se instala en silencio y va ocupando los lugares donde antes había familia, amigos, vecinos. La que te saca las ganas de vestirte, porque te preguntás “¿para quién?”. La que te saca hasta las ganas de comer.

Y como si fuera poco, vivimos con Instagram tirándonos vidas felices como si fueran reales. La narrativa de época dice que todo está al alcance de la mano, y si a vos no te llegó, el problema sos vos. Fracaso personal, con envío a domicilio. Por eso nadie lo confiesa. Los mismos ingleses detectaron que uno de cada tres adultos siente demasiada vergüenza para admitir que está solo, y entre los jóvenes son más todavía. Escuchar es la parte linda. Lo difícil es reconocer que una también necesita que la escuchen. Por eso me quedé pensando en la señora de la vereda, que lo dijo así, sin anestesia, a una desconocida. Ahí hubo más coraje que en mil posteos.

Qué difícil es defender nuestra capacidad de amar en un tiempo que nos empuja cada vez más hacia el individualismo y la indiferencia. Estoy convencida de que el amor, entendido como ejercicio cotidiano de la amabilidad, puede ser una forma de resistencia a la crueldad. Porque nos obliga a reconocer al otro en su diferencia, a respetar su libertad, a considerar su humanidad.

La psicóloga Alaleh Nejafian dice que “el amor, más que un sentimiento, es una forma de responder ante la presencia del otro. Por eso me interesa pensarlo a partir de algunas prácticas concretas: dar, cuidar, reparar, perdonar”. Me encanta. Porque quiere decir que el remedio para la soledad no deseada no hay que importarlo de China ni pagarlo por hora. Lo tenemos a mano. Alcanza con cuidar, dar y mirar un poco hacia los costados.

El exceso de yo, enferma. Vivimos un siglo de gente atrapada en la rumiación, agotada de sí misma, de analizar todo el tiempo lo que siente, lo que piensa, lo que quiere. Y me incluyo, eh. Tanto, que hoy mucha gente le cuenta sus mambos a una inteligencia artificial. Disponible a las tres de la mañana, nunca se aburre, nunca te interrumpe para hablar de ella. Confieso que esta columna la pensé un poco conversando con una. Escucha muy bien, no lo voy a negar. Pero no tiene brazos. Y a veces, ya lo dije, hace falta el abrazo.

El mejor antídoto que conozco para pensar menos en uno mismo es escuchar a otro. Pero a otro de carne y hueso, de esos que nos enseñan otras maneras de vivir, de pensar los problemas, de mirar el mundo. A veces con una sola frase dicha al pasar en una vereda.

Así que cuando pienso en mi vejez, ya sé lo que quiero. No sé dónde ni cómo. Pero quiero que alguien, cuando le cuente que mi cabeza me hace jugadas, se quede un rato. Mientras tanto, practico quedándome yo.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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