Algoritmo. Hace unos años, si alguien me decía esa palabra, yo pensaba en una clase de matemática de la secundaria que hice todo lo posible por olvidar. Vengo de las ciencias sociales, lo nuestro eran los sujetos, no las fórmulas. Para consuelo de los que venimos de las letras, la palabra tiene historia. Viene de Al-Juarismi, un matemático persa del siglo IX cuyo nombre, latinizado, terminó convertido en “algoritmo”. O sea que mil doscientos años después, un señor de Bagdad decide qué macetero me conviene.
Un algoritmo es, en términos simples, un conjunto de reglas que una computadora sigue para decidir. En las redes, esas decisiones tienen un único norte, que te quedes. Más tiempo adentro es más publicidad vista, y más publicidad es más facturación. No hay misterio, hay negocio.
Y para que te quedes, te miran. Cuánto tiempo te detenés en una foto, si pausás un video, qué buscás a las dos de la mañana, qué te provoca una reacción, aunque no toques nada. Ya ni el like es lo que más importa, el sistema presta más atención a lo que mirás hasta el final, a lo que guardás y a lo que le mandás a otra persona.
¿Se acuerdan del Agente 86? El cuco eran los espías rusos, con micrófonos escondidos en un zapato. Qué ingenuos éramos. Hoy el micrófono lo llevamos en la cartera, lo cargamos todas las noches y encima pagamos el abono.
Y está el clásico de sobremesa, comentás en una cena que tenés que cambiar los maceteros del balcón y a la mañana siguiente Instagram te recibe con una catarata de maceteros. Juramos que nos escuchan. Las empresas lo niegan una y otra vez, y quizás digan la verdad, lo cual es todavía peor, no necesitan escucharnos. Con lo que buscamos, por dónde anduvimos, a quién seguimos y qué estuvo mirando la amiga con la que cenamos, les alcanza para saber de qué íbamos a hablar antes de que abriéramos la boca.
Y ojo, que no te traen el mejor macetero. Te traen el que pagó para aparecer. Encima te lo venden con una foto que es pura fruta, azaleas, hortensias y crisantemos, todos en flor al mismo tiempo, como si el invierno, el verano y el otoño se hubieran puesto de acuerdo para la sesión de fotos. Cualquiera que tenga dos macetas sabe que eso no pasa. Muchas veces esas imágenes ni siquiera existen, las fabrica una inteligencia artificial. Pero la foto no está hecha para que tus plantas florezcan, está hecha para que vos hagas clic. El algoritmo no te muestra lo que es, te muestra lo que querés ver.
Eso sí, tanta inteligencia tiene sus lagunas. Te compraste una heladera y durante tres meses te siguen ofreciendo heladeras, como si una no tuviera otra cosa que hacer en la vida que coleccionarlas. Saben lo que vas a decir antes de que lo digas, pero no se enteraron de que ya pagaste.
Y lo más curioso es que, aun así, les creemos. El filósofo francés Éric Sadin, en La inteligencia artificial o el desafío del siglo, dice que estas tecnologías dejaron de ser simples herramientas para convertirse en entidades investidas de un prestigio simbólico tal que sus veredictos no se discuten, “porque surgen de la interpretación automatizada de situaciones”. Traducido, si me levanto descansada pero la app dice que dormí mal, le creo a la app. Si Waze me manda por una calle que no conozco, voy, aunque el instinto me diga otra cosa. Nadie nos obliga. Nos sugieren. Pero con tanta autoridad que desobedecer parece una torpeza.
El ticket que nos cobran es caro. De tanto delegar decisiones, el músculo de decidir se atrofia, como cualquier músculo que no se entrena. Los que venimos de la danza lo sabemos bien.
¿Y no les pasa que todo empieza a parecerse? Cafés con la misma pizarra, el mismo ladrillo a la vista y la misma tostada con palta, en Palermo, en Lisboa o en Ciudad de México. Canciones que van al estribillo antes de que termines de acomodarte en el asiento. El algoritmo premia lo que no incomoda. Byung-Chul Han lo resume en una imagen, el like es el amén de nuestro tiempo.
Antes el gusto se armaba a fuerza de hallazgos, errores y recomendaciones de gente de carne y hueso. Ahora lo tercerizamos. Y lo que perdemos no es una playlist, es la experiencia de cultivarse, que incluye equivocarse.
Kyle Chayka, en Filterworld, propone recuperar la curaduría humana. Quedarse a charlar con el librero, hojear, leer contratapas, dejar que una amiga te pase una lista de canciones, leer a un crítico y enojarse con él. O sentarse a tomar un café en italiano con gente que no conocías, ningún algoritmo te habría recomendado a esa compañera de mesa.
Los que me leen saben que soy fan de los matices. No voy a decir que los algoritmos son el demonio, muchas veces aciertan. Ese es justamente el problema. Nos conocen tan bien que dejamos de buscar. Y lo que no se busca, no se encuentra.
Por eso mi propuesta es modesta, despistarlo de vez en cuando. Buscar algo que no te interesa en lo más mínimo, cría de cabras en Tilcara, por ejemplo, y ver qué hace con eso. Seguir una cuenta que piense distinto. Preguntarle a una amiga antes que a la pantalla. No vamos a ganarle, pero por lo menos que le cueste.
Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com
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