13.6 C
Nordelta
jueves 8 de octubre de 2026

Lo Último

Pasión, rara avis

Por Fabiana Cianfanelli

Es obvio que Mister Messi iba a meterse en la columna de esta semana. Cómo evitarlo, si cada spot publicitario, cada reel te lo mete en forma de lagrimón. ¿No les pasa que sienten que Messi es la representación más cabal de la pasión?

No sólo por lo que despierta en todas las latitudes, sino por su manera de vivir. La pelota y el arco fueron, son y seguramente serán sus motores. Uno se imagina que el tipo se levanta pateando el toallón para ver si lo emboca en el gancho.

A raíz del 6/10, fecha de la despedida de Messi de la Selección, me puse a pensar en la pasión. Esa, la que suele incomodar a quienes no la viven, y por eso se la confunde con el fanatismo ciego o con una adicción. Sin embargo, la psicología del deporte marca una línea bastante clara entre una pasión saludable y una obsesión.

El psicólogo Robert Vallerand, en The Psychology of Passion, A Dualistic Model (2015), la divide en dos. Por un lado, está la pasión armoniosa, el deporte te encanta, lo disfrutás, y si tu equipo pierde te ponés triste un rato y seguís con tu vida. El deporte se acomoda a tu vida. Por el otro está la pasión obsesiva, no podés pensar en otra cosa, si tu equipo pierde se te arruina la semana, tratás mal a tu familia y descuidás el trabajo. Ahí la pasión muta en fanatismo o en adicción.

Le pedí a una jugadora de hockey que me dijera qué lugar ocupa el deporte en su vida: “No existe una vida sin hockey. Nunca me pienso sin jugar. Lo colectivo me deja valores y una red de sostén ante las exigencias que implica la actividad. El equipo te acompaña y te permite sobrevivir. Cuando no juego, por fecha libre o vacaciones, no lo vivo como un vacío, sino como un descanso necesario. Pararse en la cancha antes de cada partido es puro nervios y ansiedad, y aun cuando suena el silbato, siguen allí. Lo que suma es la seguridad que te da mirar toda la cancha y poder pensar estrategias”.

Nunca jugué al hockey. Lo mío fue el ballet, ese mundo hostil y difícil del que hablaré en otro momento. Pero después de tantos años de acompañar a mi hija, me recibí de tribunera con honores. Conozco el frío de los sábados a las ocho de la mañana, el termo que pasa de mano en mano, las gradas que nunca son cómodas y ese silencio que se hace cuando una de las nuestras queda tirada en la cancha. Y descubrí que la pasión que sienten las jugadoras es bastante única. A diferencia de otros deportes de equipo, el hockey combina una altísima exigencia técnica y táctica, mucho roce físico y un sentido de pertenencia muy arraigado, el famoso “la familia del club”.

La pasión armoniosa florece cuando el equipo se vive como una unidad de apoyo mutuo. Pero si la presión por el rendimiento es desmedida, muta en una obsesión por evitar el fracaso.

Jugar es una construcción permanente de resistencia a la frustración, y ahí creo que está una de las dificultades más grandes. No todos tenemos pasta para la resiliencia, no todos podemos caernos y levantarnos mejores (de nuevo aparece el Messías). Qué difícil es aprender a no anclarse en los errores y manejar la frustración para que la pasión siga siendo un motor disfrutable y no una fuente de ansiedad.

En cómo viven la pasión las jugadoras pesan, y mucho, las familias y los entrenadores. Y acá me toca el mea culpa. Desde la tribuna todas somos directores técnicos, árbitros y analistas tácticas a la vez. Yo también grité “¡marcala!” como si mi hija no se hubiera dado cuenta sola de que tenía una rival enfrente. También hice el análisis del partido en el auto de vuelta, jugada por jugada, cuando lo único que ella quería era silencio.

Cuando el aliento se vuelve reproche, control y fijación en el resultado, la pasión armoniosa se asfixia. El palo y la bocha dejan de ser un juego y pasan a ser un examen permanente, y cada error ya no es algo de lo que aprender sino una falla personal. Se pierde el disfrute, se acumula el cansancio y, de a poco, se gasta la autoestima. La tribuna, que debería ser contención, se convierte en tribunal.

Se entiende que haya mujeres de más de cuarenta que siguen jugando. Ya nadie les grita desde el alambrado, salvo quizás sus hijos, que ahora son los tribuneros. Juegan porque sí, porque les hace bien, porque encontraron ahí un espiral de bienestar que, convengamos, escasea en este mundo. Debe ser la pasión armoniosa en su versión más pura.

En un mundo que a veces me parece abúlico y gris, encontrar el color fuerte de la pasión, algo que te encienda y que encima te dé pertenencia y comunidad, me parece mágico. La pasión, rara avis, es la que mueve montañas, y lo dice alguien con DNI del siglo pasado. Y no hace falta una cancha, sirve un escenario, un taller, un laboratorio, un escritorio. Cuando aparece eso que te enciende, el esfuerzo deja de pesar.

El mundo está lleno de micro Messis. Gente anónima que pone una pasión absoluta en lo que hace, el carpintero que lija tres veces una pieza que nadie va a tocar, la enfermera que se acuerda del nombre de cada paciente, la profesora que corrige en verde para no asustar. No tienen reels con lagrimón ni spots publicitarios. Su cancha es la vida cotidiana y nadie les canta desde la tribuna. Bueno, alguien debería. Yo me ofrezco, ya tengo el termo.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)

- Publicidad -