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jueves 22 de octubre de 2026

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Cincuenta sombras de beige

Por Fabiana Cianfanelli

Alguien se robó los colores. No me digan que no se dieron cuenta.

Tengo una amiga de baile que es una explosión cromática, llega y el salón se enciende. Hace cuarenta años nadie la habría mirado dos veces. Hoy la miran como si hubiera entrado a un velorio con cotillón.

Salgan a la calle. Autos blancos, autos grises, algún negro rebelde. ¿Se acuerdan, bueno, hay que tener un DNI que arranque con uno, de cuando los autos eran naranjas, verde esmeralda, turquesa? Hoy un Fiat 600 naranja estacionado en Nordelta sería motivo de reunión de consorcio.

Nadie lo decretó. No hubo resolución de la ONU ni condicionalidad del FMI, “a partir del próximo desembolso, todo beige”. Los colores se fueron yendo solos, de a uno, en silencio, mientras nosotros le poníamos a esa ausencia nombres lindos, modernidad, elegancia, buen gusto.

Primero los autos. Después las fachadas. Después la ropa, los electrodomésticos, los juguetes. El golpe final fueron los cumpleaños infantiles, hoy un nene de cuatro años sopla las velitas rodeado de globos color arena y una torta “nude”. Cuatro años. Nude. Ese chico no sabe lo que es un Topo Gigio pintado con témpera, y se le nota.

Que quede claro, me gusta el minimalismo. Pero una cosa es elegirlo y otra es que sea la única forma decente de existir. Usar color no es mal gusto. Es tener algo para decir.

Sospecho que esto va menos de estética y más de no llamar la atención. Los colores no dejaron de ser lindos. Los escondimos, como se esconde todo lo que todavía se anima a estar vivo.

La explicación amable es el cansancio. Vivimos bombardeados, pantallas, notificaciones, noticias, ruido, grupos de WhatsApp del colegio. Los ojos piden un descanso y lo beige es eso, una siesta visual. En los sesenta, setenta y ochenta nos dábamos el lujo de la casa con flores y el auto verde porque la vida no nos gritaba en la cara las veinticuatro horas.

Y no es una sensación mía, eh. Hay gente que se dedica a medir la tristeza con precisión científica. El Science Museum Group del Reino Unido analizó con visión computacional más de 7.000 objetos de dos siglos de historia, el color dominante fue el gris oscuro, en más del 80% de las fotos, y cada década un poco más. Los marrones y los amarillos, mientras tanto, se fueron en silencio, como los primos que no saludan en las fiestas.

Con los autos es peor. Un análisis de iSeeCars sobre más de 22 millones de usados encontró que en 1996 blanco, negro, gris y plata eran el 47%. En 2025, el 80%. El gris solo pasó de un tímido 3,6% a casi el 23%. El rojo cayó de 20% a 7%, y el verde se desplomó a un 2,2%, que es más o menos el porcentaje de gente que todavía tiene teléfono fijo.

Hay una pista menos simpática. Un estudio en BMC Medical Research Methodology desarrolló la “Manchester Color Wheel” para ver con qué colores la gente representa su estado de ánimo. Las personas con ansiedad y depresión elegían gris mucho más que el resto. No digo que el gris del Corolla sea un síntoma clínico. Digo que, si el mundo entero se está pintando del color de la angustia, por lo menos tengamos la cortesía de notarlo.

También está el chango del súper. Otro estudio, de 2025, mostró que los envases con menos colores se perciben como más “puros”, menos color, menos ingredientes, más sano. Es decir, pagamos más por un yogur con una etiqueta que parece un formulario de AFIP. Bueno, ARCA. También le sacaron el color al nombre.

Y para coronar, Pantone eligió color del año 2026 a Cloud Dancer. Un blanco. Lo describieron como un susurro de calma en un mundo ruidoso. Durante décadas el color del año fue una invitación; ahora es un pedido de silencio.

Lo curioso es que esto ya tenía nombre. En Chromophobia, del año 2000, David Batchelor sostenía que Occidente le tenía miedo al color desde hace siglos, lo asociaba con lo femenino, lo infantil, lo vulgar, lo extranjero. El blanco, en cambio, quedaba para la razón, la pureza y la civilización. O sea, el color es de nenas, de chicos, de grasas y de inmigrantes. El blanco es de gente seria. Ahí lo tienen, sin anestesia.

El periodista Kyle Chayka le puso nombre a la versión contemporánea, AirSpace. Ese café de paredes blancas, madera clara, una planta y un cartel en minúscula que existe idéntico en Palermo, en Brooklyn y en Tokio. Uno podría secuestrarte, vendarte los ojos y dejarte en cualquiera de los tres, y vos pedirías el flat white sin darte cuenta del cambio de continente. Para Chayka es una estética diseñada para que nada incomode, que es la forma más eficiente de que todo se venda.

La moda también se puso sobria. Las marcas de lujo sacaron los logos y se pasaron a la “riqueza sigilosa”, que es la elegancia de quien tiene tanta plata que no necesita que te enteres. Y de ahí al clean girl, al old money y a la TradWife hay un pasito, piel perfecta, casa inmaculada, lino crudo, pan de masa madre y un marido que llega a las siete. Todo muy blanco, muy ordenado, muy controlado. Y muy caro, porque la pulcritud absoluta requiere tiempo, plata y alguien que limpie.

No voy a decir que el beige es fascista. Pero sí que la pureza, el orden y la higiene extrema tienen un currículum político bastante largo, y que convendría desconfiar un poquito cuando lo impoluto se vende como aspiración.

En un mundo cada vez más neutro, la pregunta no es qué color usamos, quizás sea qué estamos dejando de decir.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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