4.3 C
Nordelta
miércoles 24 de junio de 2026

Lo Último

El fútbol pasa ¿Qué nos queda?

Por Fabiana Cianfanelli

Como se estarán dando cuenta, me cuesta salirme de mis propias experiencias. Aunque debo admitir que de lo que me sucede se hilvanan temas, reflexiones, dudas, preguntas, inquietudes. Nunca verdades, menos de las absolutas. Para talibanes de la razón y de la verdad ya tenemos bastante en este país.

¿Alguna vez les conté que me encanta el fútbol? Como se imaginarán, estoy feliz con tanto partido dando vuelta, aunque convengamos que no es fácil seguir la grilla. De vez en cuando hay que agarrar la pala. Lo bueno es que con la tecnología actual podemos ver lo que sucedió hace una hora como si fuera en vivo. El drama lo bancamos igual, aunque ya sepamos el resultado.

Soy fanática de Boca y de Argentina. Dos amores que me han dado alegrías enormes y también angustias que ningún terapeuta termina de entender del todo. Pero bueno, nadie dijo que amar es fácil.

Y cuando llega el Mundial, a los argentinos se nos enciende el nacionalismo, que en otros momentos del año dormita profundamente, casi en coma. De golpe pintamos banderas por todos lados. La celeste y blanca la tienen hasta las mascotas. Ahí están, con la camiseta puesta, mirando a cámara con resignación. Les confieso que a mi perro le debería haber comprado una nueva. Anda con la del mundial pasado y parece un chorizo caminando.

Todo, absolutamente todo, es excusa para vender “por el mundial”. El almacenero de la esquina, el taller mecánico, la señora que hace tortas. El mismo país que no puede ponerse de acuerdo en nada, que discute el precio del tomate, la inflación, el dólar, quién tiene la culpa de todo desde 1810, de repente es uno solo. Unidos, hermanados, con la camiseta puesta y el corazón en la garganta. Dura lo que dura Argentina en el torneo, claro. Pero qué lindo mientras tanto. Qué necesario, incluso.

Pasé hoy por un barcito donde en el pizarrón figuraban tres ganadores de un capuchino porque habían acertado el resultado de Argentina-Argelia. Tres personas que quizás no estarían pudiendo pagar la prepaga, que tienen el sueldo licuado y el alquiler por las nubes, pero que organizaron un prode con medialunas de premio y la administraron con una eficiencia que haría llorar de envidia a más de un funcionario.

¿Cómo no nos van a envidiar los extranjeros? Esta capacidad de ser únicos en el sentir, en el inventar, en el encontrarle la vuelta. Las otras cositas que nos cuestan como país las dejamos para otra columna, que hoy estoy de buen humor y no quiero arruinarlo.

La cuestión es que hoy me hacía dos preguntas.

La primera, ¿qué le pasará a Mister Messi por la cabeza cuando, después de jugar, está sentado al costado de la cancha mirando a sus compañeros disputar los últimos minutos, y todas las cámaras, todas las personas y hasta los pájaros que vuelan por Kansas lo miran únicamente a él? ¿Qué pasa en esa cabeza? ¿Qué siente como ser humano? porque sí, señores y señoras, Messi es un ser humano, aunque a veces cueste creerlo y la evidencia sea escasa, ¿qué le pasa en la psiquis, cómo le juegan los sentimientos, qué piensa?

Yo intenté ponerme en su lugar y no llegué ni a la puerta. Me perdí en el camino, me fui pensando si alguien le alcanza el agua o si él también tiene que pedirla, si come lo mismo que el resto del equipo o si hay un chef especial para él, si le gusta el dulce de leche o si lo tiene prohibido, y para cuando quise volver al ejercicio mental ya había terminado el partido y Argentina había ganado sin que yo me enterara de nada.

Las generaciones futuras harán papers, tesis doctorales y especiales de Netflix investigando su ADN, su psicología, el impacto que tuvo en la humanidad. Nosotros, mientras tanto, lo miramos con una mezcla de amor incondicional, orgullo nacional y una levísima envidia que nunca, jamás, vamos a admitir en voz alta.

La segunda pregunta es más urgente, más profunda, más perturbadora, ¿qué hacen en estos días los que no les gusta el fútbol?

Existe esa gente. Yo los he visto. Los he conocido. Algunos incluso son personas queridas por mí. Son los que en el Mundial caminan por una ciudad desierta que por primera vez les pertenece. Son los que entran al súper sin cola. Los que consiguen mesa en cualquier restaurante. Los que llaman por teléfono y los atienden al segundo ring (sonó medio antiguo, porque hoy que te llamen directo es causal de guerra).

Son los que en estos días tienen el mundo para ellos solos y sin embargo, por alguna razón inexplicable, no parecen del todo felices.

¿Por qué? Porque la gente sin pasión tiene un problema serio, y el Mundial lo pone en evidencia. No es que no les guste el fútbol. El fútbol es lo de menos. El tema es que, si no les gusta el fútbol en Argentina, uno se pregunta ¿qué les gusta? ¿Qué los mueve? ¿Qué los saca de la cama con ganas? ¿Qué los hace gritar, llorar, abrazar a un desconocido, putear al árbitro, quedarse despiertos hasta las tres de la mañana con el corazón en la boca?

Porque la pasión no es por el fútbol. La pasión es por algo. Por cualquier cosa. Por el hockey, por la música, por un libro que no podés soltar, por una planta que empezó a florecer, por una receta que salió perfecta después de tres intentos fallidos. La pasión es ese estado en el que el tiempo se te va sin darte cuenta y después no te arrepentís.

Los que no les gusta el fútbol durante el Mundial están solos, sí. Pero los que no tienen pasión por nada están solos todo el año. Y eso es bastante más triste que perder en los penales.

Aunque perder en los penales, tampoco es moco de pavo. Sino que se lo pregunten a los franceses.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)

- Publicidad -