Por Adrián Rivera*
A semanas de haber empezado una nueva gran competencia mundial, quiero hablarles del “Soccer”. Sí, Soccer. Esa palabra que todavía me cuesta pronunciar sin sentir que estoy hablando de otra cosa. Porque para quienes crecimos en Argentina, el fútbol no es solamente un deporte. Es una forma de vivir, de pensar, de discutir, de sufrir y hasta de entender la vida.
Después de haber pasado mi infancia y juventud al lado de una pelota, de haber representado a Argentina en un Mundial juvenil en los años 90, de haber vivido domingos eternos de cancha, radios prendidas, relatos apasionados y lunes de cargadas en el trabajo, terminé viviendo en North Carolina, trabajando justamente de esto: enseñando y entrenando “Soccer”.
Y ahí empezó el choque cultural.
La palabra Soccer no nació en Estados Unidos, como muchos creen. Tiene raíces inglesas del siglo XIX y proviene de “Association Football”. Los estudiantes de Oxford abreviaron “assoc” y le agregan el sufijo “-ER”, transformándolo en “assocer”, que con el tiempo derivó fonéticamente en “soccer”. Fueron los propios británicos quienes empezaron a utilizar el término antes de volver definitivamente al “football”.
Nosotros, en Argentina, hicimos algo todavía más hermoso: transformamos el football en fútbol y finalmente en “FULBO”. Porque en nuestro país las palabras también juegan.
Estados Unidos mantuvo el término Soccer para diferenciarlo del football americano, que ya dominaba culturalmente el país. Y aunque utilizan reglas FIFA como estructura general, las modificaciones que implementaron en ligas escolares y juveniles serían motivo de debate eterno en cualquier club de barrio argentino.
Acá en North Carolina, por ejemplo, los menores de 13 años prácticamente no pueden utilizar la cabeza para jugar. No pueden cabecear para pasar, despejar o convertir goles. Entonces uno recibe chicos de 13 o 14 años que jamás aprendieron a defender un córner aéreo o a perfilarse para rechazar una pelota alta. El clásico desafío argentino de “hacer cabecitas sin que caiga la pelota” simplemente no existe.
También existen diferencias reglamentarias enormes en competencias escolares organizadas bajo normas de la NFHS (National Federation of State High School Associations). En Middle School y High School los cambios son ilimitados y reingresables. Un jugador puede salir y volver a entrar varias veces según lo disponga el entrenador, algo impensado en el fútbol competitivo sudamericano. En muchas ligas escolares incluso se utilizan dos árbitros dentro del campo, sin jueces de línea, copiando estructuras del básquetbol. La interpretación del contacto físico depende mucho del criterio arbitral y, desde la mirada sudamericana, muchas veces falta comprensión del espíritu real del juego.
Y eso se nota.
Porque el fútbol latinoamericano —y especialmente el argentino— se juega también con el cuerpo, con el roce, con la intensidad emocional. El árbitro argentino entiende cuándo hay fricción natural del juego y cuándo hay mala intención. El referee americano, muchas veces, interpreta el contacto desde otra lógica cultural más protectora y menos pasional.
Creo sinceramente que varios árbitros escolares estadounidenses sufrirían un colapso nervioso viendo un torneo barrial del Conurbano Bonaerense un domingo a la tarde.
Pero sería injusto reducir todo a una crítica. Hay aspectos organizativos admirables. La estructura deportiva escolar estadounidense funciona con puntualidad, recursos y planificación. Rara vez falta un árbitro, un campo o una logística. El sistema funciona. Lo que cambia es el sentimiento.
Y ahí está el verdadero tema.
Porque acá perder no duele como allá.
En Estados Unidos es común que, luego de perder un partido, los padres se acerquen y te digan: “GG Coach!” (“Good Game”). Buen partido. Buen esfuerzo. Buena experiencia.
Y uno, argentino, todavía con bronca por haber perdido, no entiende nada.
Con el tiempo aprendés que culturalmente valoran otra cosa. La participación, el desarrollo personal, la experiencia grupal. Nosotros valoramos competir para ganar. Y aunque uno entienda intelectualmente ambas posturas, emocionalmente sigue eligiendo la nuestra.
Porque en Argentina el fútbol no se consume: se siente.
Hace cuatro años que trabajo para Villarreal CF en Estados Unidos. Como ocurre también con academias del Barcelona, Real Madrid o Atlético de Madrid, los grandes clubes europeos han desembarcado en suelo estadounidense entendiendo el enorme crecimiento comercial y deportivo del Soccer.
Y el Mundial de Qatar 2022 marcó un antes y un después.
En North Carolina, especialmente fuera de ciudades grandes como Raleigh o Charlotte, el Soccer era visto principalmente como un deporte escolar o recreativo. Hoy el crecimiento es evidente: más academias, más familias interesadas, más chicos jugando y hasta más espacio en tiendas deportivas.
Recuerdo que antes del Mundial conseguir unas simples canilleras en Fayetteville, la ciudad donde vivo, era prácticamente imposible. Todo terminaba en Amazon. Hoy el panorama cambió completamente. El mercado detectó una nueva oportunidad cultural y económica.
Pero hay algo que todavía no cambió.
La manera de vivir el deporte.
Y quizás nunca cambie.
Ni el básquet, ni el baseball, ni siquiera el football americano se viven acá con la intensidad emocional con la que nosotros vivimos un superclásico, un ascenso, una final perdida o un gol sobre la hora. Para nosotros el fútbol atraviesa generaciones, barrios, familias y amistades. Un club puede definir el humor de una semana entera.
Y también hay otra realidad que descubrí viviendo acá: el sentimiento futbolero latino no es uniforme.
Existe una enorme comunidad hispana, claro. Hay torneos, reuniones, partidos de fin de semana y pasión por jugar. Pero el seguimiento obsesivo, el análisis permanente, la necesidad de mirar cada partido de tu equipo estando a miles de kilómetros, esa conexión emocional casi irracional con la camiseta, la veo principalmente en los argentinos.
Muchos latinos viven el fútbol como entretenimiento. El argentino lo vive como identidad.
Y dentro de ese contexto aparece también una rivalidad mediática exagerada entre México y Argentina que muchas veces en Argentina ni siquiera se percibe de la misma manera. Desde la mirada futbolística argentina, la comparación suele sentirse forzada porque históricamente el rival siempre fue Brasil. Argentina construyó una identidad futbolística respaldada por títulos mundiales, jugadores históricos y décadas de protagonismo internacional, el resto, solo contenido mediático y de redes.
Por eso digo: no cambiemos el fútbol.
No cambiemos nuestras raíces futboleras por una versión más cómoda, más marketinera o más liviana emocionalmente. Adaptarse culturalmente no significa perder identidad. Podemos vivir en Estados Unidos, trabajar en Soccer, respetar otras culturas deportivas y aun así seguir sintiendo el fútbol como lo sentimos en Argentina.
Porque mientras exista un argentino puteando frente a una pantalla por un gol errado a miles de kilómetros de su barrio, el fútbol seguirá siendo fútbol.
Y nunca será Soccer.
*Adrián Rivera – Jefe del Departamento de Lengua Extranjera – Robeson County. North Carolina. USA – Entrenador de Villarreal FC. Sede North Carolina. USA. FSC Academy










