Hola, entre goles y eliminaciones (en el fútbol y en otros lados), leí en estos días un artículo inquietante, del que poco escucho hablar. O por lo menos en profundidad.
Según la publicación, durante el año que pasó, Argentina enfrentó un aumento significativo en las muertes por suicidio, que llegaron a superar los producidos por violencia homicida y por accidentes viales. Los registros oficiales contabilizaron más de 5.200 suicidios, frente a 3.500 muertes por accidentes de tránsito y 1.600 homicidios dolosos.
En 5 años la tasa nacional de suicidio pasó de 7,8 casos cada 100 mil habitantes, en 2020, a 11,8 en 2025.
Es un dato que debería ocupar las tapas de los diarios y que, sin embargo, circula bajito. Mientras nosotros discutimos si hay que poner más cámaras de seguridad, esta cifra crece, calladita, como esos parientes a los que nadie invita e igual aparecen en cada cumpleaños.
La problemática suele vincularse a situaciones de violencia doméstica, depresión, ansiedad y otros trastornos de salud mental. No existe un único factor que explique el aumento, pero los especialistas identifican patrones comunes en los casos.
Vamos al contraexample (sí, ya sé, me gusta inventar palabras cuando el idioma se queda corto), el mundo, en general, viene logrando bajar sus tasas de suicidio. Los países que invierten en salud mental, que sostienen redes de contención, que no convierten cada noticia en una competencia de quién la pasa peor, consiguieron achicar el número. Argentina, en cambio, decidió ir a contramano. Como en la ruta, sin control de tránsito que valga.
¿Casualidad que esto venga escalando en paralelo a años de crisis económica sostenida, con ingresos que no alcanzan y un relato de época, que insiste en medir el valor de las personas por su rendimiento individual, como si la vida fuera un torneo de eliminación directa?
No hace falta señalar un signo político para notar que cuando el discurso dominante es “si no te va bien es porque no te esforzaste lo suficiente”, alguien se queda afuera de ese relato. Y a veces, lamentablemente, se queda afuera de todo.
Me pregunto si en las escuelas se aborda esta problemática, si se pregunta o solo se convive y se llora cuando estalla. Según los especialistas afecta más en adolescentes.
El suicidio ya es, hoy, la segunda causa de muerte entre adolescentes de 10 a 19 años en la Argentina, no la quinta, no una rareza estadística, la segunda. Y dentro de ese grupo hay una asimetría que a mí me deja pensando, entre los 15 y los 19, las chicas duplican la tasa de los varones de su misma edad, aunque cuando un varón lo intenta, las chances de que termine en tragedia son mucho más altas. Son lecturas distintas de un mismo dolor, y conviene no aplanarlas en una sola explicación fácil.
Esos adolescentes crecieron con el celular pegado a la mano como si fuera una prótesis, midiendo su valor en likes, atrapados en un scroll infinito que promete compañía y entrega, y que es casi siempre, soledad con buena iluminación. No es que la tecnología sea la villana de la película, ya lo charlamos en otra columna, esto no es tan simple, pero hay algo ahí, en esa hiper conexión que paradójicamente aísla, y merece que dejemos de mirar para otro lado.
Sin embargo, ¿de qué hablamos en la sobremesa? De la inseguridad, del dólar, del partido del domingo (si ya se, me corrijo, del próximo viernes). Del suicidio, poco y nada. Como si nombrarlo fuera contagioso, cuando en realidad, y esto lo dicen quienes saben, no yo, es exactamente al revés. Hablarlo, con cuidado y sin golpes bajos, es una forma de prevención. El silencio solo nos protege de la incomodidad de enfrentarlo.
No tengo la solución en el bolsillo, ojalá fuera tan fácil. Pero tengo clarísimo que un país que le dedica tapas al precio del dólar y ninguna a esto, tiene mal ordenadas las prioridades. Nos alarmamos por el delincuente que nos puede afanar el celular y nos quedamos mudos ante el dolor que ya está adentro de casa, sentado a la mesa, capaz hasta usando ese mismo celular. Curioso sistema de alarmas el nuestro, salta fuerte para lo que se ve y se queda en silencio absoluto para lo que más duele.
Así que no, esto no se arregla con una frase motivacional ni con un posteo de “vos podés” en el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, para después archivarlo hasta el año que viene. Se intenta mirándolo de frente, hablándolo sin vueltas, y entendiendo que cada uno de esos números es, antes que estadística, una persona que un día dejó de encontrarle sentido a quedarse.
Lo mínimo que le debemos es no mirar para otro lado.
Si vos o alguien cercano está atravesando un momento difícil, el Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires atiende las 24 horas al 135 (desde CABA) o al 011 5275-1135.
Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com
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