19.4 C
Nordelta
jueves 24 de septiembre de 2026

Lo Último

Ok.

Por Fabiana Cianfanelli

Acá estoy con un dilema, si en la actualidad estamos más o menos conectados versus si estamos mejor o peor conectados. Ya sé. Me van a saltar a la yugular diciéndome que estoy diciendo lo mismo. No se apresuren. Lean despacito.

La primera inquietud es quizás la más fácil de responder. Claramente, entre las épocas epistolares y las actuales, a tiro de un WhatsApp, no hay nada que decir. Creería que nadie tiene dudas de que la comunicación se ha transformado haciéndose más ágil, horizontal y globalizada.

Pero con la segunda inquietud es donde encuentro muchos interrogantes. ¿No les pasó que les contestaron un mensaje con un Ok, seco? Una sola respuesta que puede abrir una cadena de preguntas, ¿está enojado?, ¿le pasa algo?, ¿y ahora qué hice? Y ni hablemos de si el Ok venía con punto final, que para las nuevas generaciones es casi una declaración de guerra. Porque además cada uno escribe con sus códigos y lee con los propios, y ahí ya arrancamos con el diccionario cambiado.

Lo mismo podría suceder con un mensaje que suena incómodo o inesperado, o una respuesta que tarda más de lo habitual o que no llega. Y allí arrancamos (sospecho que más las mujeres, aunque ellos también lo hacen, solo que lo confiesan menos) a tratar de interpretar el vacío, y a veces llenamos los espacios con malestar.

¿No les pasó maquinar un montón de absurdas interpretaciones ante la demora de una respuesta (claramente no estoy hablando del carpintero que te dejó plantada con la obra a medio terminar) de esa persona que te importa, y después descubrir que estaba demorado en un consultorio donde no había señal? De eso a sufrir por lo que imaginamos que podría estar ocurriendo y no por lo que realmente ocurre, hay un solo paso.

Nos estamos acostumbrando a pensar que el silencio es desinterés. Y la tecnología no ayuda, nos muestra el doble tilde azul, el “en línea”, la última conexión. Sabemos que leyó, pero no sabemos por qué no contesta. Nos da información a medias, que es la peor forma de información. Con la carta, si la respuesta se demoraba, la culpa era del correo. Con WhatsApp, la demora parece una decisión.

No sé cómo hacíamos en la prehistoria (bueno, el siglo pasado) cuando la respuesta llegaba por carta y demoraba, dependiendo de su origen, de una semana a un mes. Tampoco quiero idealizar, esperar al cartero también tenía lo suyo. Pero creo que vivíamos menos sobregirados por la ansiedad, porque nadie esperaba una respuesta inmediata. Sabíamos ponernos en pausa. Quizás lo que cambió no fue el medio, sino la expectativa.

Adicionemos que en una carta o una conversación telefónica existen menos chances de no ser claros. Está bien, ambigüedades pueden existir en todos los sistemas de comunicación. Pero acordemos que es más difícil cuando estamos uno a uno, escuchando el tono o tomando la temperatura de una carta.

Estoy convencida de que en algún momento nos ingresó la idea de que interpretar constantemente ayuda a calmar el miedo, cuando me parece que a veces es al revés. Lo agrava. Qué necesidad tenemos de hipotetizar los espacios de incertidumbre.

Las mujeres tenemos una capacidad de análisis que a veces nos permite adelantarnos a los acontecimientos. Sí, ya sé, la famosa intuición femenina, ese superpoder que de vez en cuando nos lleva derechito al abismo. Porque convengamos que cuanto mayor es el análisis, menos información real obtenemos. Nuestro superpoder es también nuestra trampa. ¿No les pareció alguna vez que nos entretenemos con los detalles y perdemos el foco en los hechos?

Un cambio en el tono de voz se lo lee como desamor. Y si además nos quedamos enroscadas, la siguiente interpretación ya nace desde la herida, no de lo que sucede realmente. Es el hecho lo que importa, no los detalles.

Es cierto que los seres humanos necesitamos un contexto que explique los hechos, y la sensibilidad femenina además exige “contamelo todo, con lujo de detalles”. Quizás sea porque no toleramos la incertidumbre y activamos mecanismos predictivos. Si se basaran en hechos no estaría mal. El problema es cuando nacen de nuestros miedos o inseguridades.

Y entonces de la sobre interpretación pasamos a la proyección. Me pasa con alguna frecuencia interpretar indiferencia donde solo hay necesidad de espacio. Seguramente, si me agarra una psicóloga, encontrará alguna explicación debajo de la alfombra vinculada con el miedo, la inseguridad o la baja autoestima.

¿Y si aprendemos a preguntar, en vez de adivinar?

Ya sé que no es tan fácil. Preguntar expone. Da miedo quedar como demandante, como intensa, como la que no se banca un Ok. Preferimos pasarnos una tarde entera construyendo hipótesis antes que mandar un simple “¿está todo bien?”. Y, ya que estamos, un poquito de responsabilidad del otro lado tampoco vendría mal, tres días de silencio no se arreglan con un emoji.

Así que sí, estamos más conectados que nunca. Lo que todavía no sé es si estamos mejor comunicados.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)

- Publicidad -