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miércoles 17 de junio de 2026

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Solitud: ese estado donde no hace falta esconder la panza

Por Fabiana Cianfanelli

Hace un tiempo una amiga le dice a otra: “Te veo muy bien, ¿qué te anda pasando?” En la pregunta había implícito un guiño a un “conociste a alguien”. La amiga le contestó con una sonrisa radiante: “Estoy feliz conmigo”. Esa mujer nos recordó lo importante que es estar bien con uno mismo. He ahí el gran desafío: dejar de buscar en otros lo que primero debemos encontrar en nosotros mismos.

Porque existe una diferencia vital que el lenguaje a veces camufla: una cosa es la soledad y otra muy distinta la solitud. Mientras la soledad es un desierto que nos impone el vacío de los demás, la solitud es el jardín que cultivamos para disfrutar de nuestra propia compañía. Estar “feliz conmigo” no es falta de amor hacia otros, es la abundancia de amor hacia uno mismo.

En épocas líquidas donde te venden la felicidad en cualquier página de Instagram, creo que el bienestar (llámese felicidad) es mirarse dentro de uno mismo sin sentir vergüenza de lo que encuentra. Somos individuos que debemos convivir con las decisiones que tomamos. Si rehuís la incertidumbre, si te gana el miedo de saber lo que encuentres en vos, estás eludiendo la vida. ¿Qué sentido tiene vivir si no es arriesgando y chocando con tu realidad? Aunque claro, arriesgar a veces significa elegir un vino nuevo y que sea intomable, o armar un mueble de IKEA sin leer las instrucciones. En ese choque con nuestra realidad —ya sea emocional o doméstica— es donde realmente nos conocemos.

La vida es un suspiro y es nuestro deber darle un sentido, un para qué, o mejor dicho un porqué. El para qué resulta utilitarista; el por qué es la razón de estar vivo. El deseo, el motivo, está dentro nuestro. Nos habita. Proyectamos entre la vida y la muerte.

Se trata de armar futuro, aunque nadie tiene comprado el mañana. Parece un chiste, pero la verdad que yo, todas las mañanas me despierto y tengo un mecanismo natural que es “repasar agenda”. No es un TOC, es lo que me hace saltar de la cama sabiendo que algo me espera afuera. Qué quiero hacer de mí, y por qué quiero estar acá.

Víktor Frankl, psicólogo que pasó por cuatro campos de exterminio –Auschwitz entre ellos–, en su libro El hombre en busca de sentido, cuenta que formulaba una pregunta a sus pacientes desesperanzados: “¿Y usted, por qué no se suicida?”, para descubrir qué les hacía seguir viviendo, encontrando el sentido en la vida, a pesar del sufrimiento extremo. Lo hacía para que sus pacientes identificaran sus motivaciones, sus “porqué” (familia, trabajo, amor, fe).

Esta cita revela que, incluso en la oscuridad, esa pregunta saca a flote sentimientos que tenemos enterrados. Para responder a Frankl, hace falta valentía para transitar la solitud. Solo en ese espacio de intimidad radical, lejos del ruido y de las expectativas ajenas, es donde el deseo y el motivo que nos habita se vuelven audibles. No se puede encontrar un sentido a la vida si antes no somos capaces de sentarnos a solas con nuestra propia existencia, sin distracciones, sin millones, pero con la verdad por delante.

La vida no es sólo perseguir tener un millón de dólares, sino, también una risa con un hijo. Ya sé, me van a decir que con un millón de dólares es más fácil reírse. Ese tema lo dejo para otra columna (o para cuando gane la lotería). Soy de las que piensan que millones de seres humanos que viven en condiciones ingratas y miserables logran momentos que quizás los ultra millonarios no pueden. Si fuera todo cuestión de dinero, hace rato que la felicidad sólo se encontraría en un solo lado. Lamento informarles que no es así. ¡Por suerte! ¿Quién no cambiaría dinero por volver a reírse con sus padres o con alguien que amaron? No se puede. No está a la venta en ningún kiosco.

Al final, la solitud es eso: el superpoder de estar con uno mismo sin querer pedirle el divorcio a nuestra propia mente a los cinco minutos. Porque seamos honestos, mirarse adentro no siempre es encontrarse con un jardín zen; a veces es encontrarse con un cuarto lleno de medias sin el par, deudas emocionales y algún que otro berrinche. Pero cuando lográs reírte de ese caos, cuando el “porqué” le gana al “cuánto”, el mundo deja de ser una amenaza. Quizás la felicidad no sea tener un millón de dólares, sino despertarse, repasar la agenda y descubrir que, aunque el mañana no esté comprado, el hoy nos encuentra en muy buena compañía: la nuestra. Y eso, aunque Instagram no lo entienda, es el mejor negocio de la vida.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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