Hace unos días una amiga me regaló un video sobre lo que significa la danza en la psiquis de las personas, y eso me disparó un montón de preguntas y sensaciones que quiero compartirles.
No sé si saben que yo antes, en otra vida, estudiaba ballet. En esa vida suponía que la felicidad pasaba por ahí. El ballet es una disciplina extremadamente exigente, rigurosa y sacrificada. Implica exigirle al cuerpo movimientos y posiciones que no son naturales. Cada fibra, cada músculo, cada articulación es puesta a prueba en cada ensayo, clase y actuación. Y, sin embargo, o quizás por eso mismo, genera en el alma algo liberador, como si una fuerza inspiradora hiciera que todo ese esfuerzo se esfumara al compás de la música. La mente vuela hacia lugares impensados. Todavía me acuerdo de esa sensación, aunque hayan pasado tantos años desde que dejé de sentirla en el cuerpo.
Esto no pasa solo con el ballet, sino con cualquier ritmo que se baile. Desde pequeñitos aprendemos a balancearnos, y nos emocionamos cuando algún sonido nos hace movernos de un lado a otro. Es inevitable que el movimiento sea parte de nuestras expresiones. Hay músicas que nos dan ganas de bailar apenas las escuchamos, otras que nos generan emociones con las que empatizamos sin saber bien por qué. De alguna manera, consciente o no, generan conexiones sensitivas que nos atrapan. Pareciera existir un aspecto biológico que nos estimula, mucho antes de que la especie humana existiera, las especies vivientes ya se movían rítmicamente por instinto.
Entonces el ritmo es la base de todo movimiento, y lo encontramos espontáneamente en la naturaleza y después en cualquier interacción humana con su medio. Mientras escribo esto, presiono teclas que generan su propio ritmo.
En la prehistoria, la danza nació como un medio de expresión vital y mágico, los seres humanos usaban el cuerpo y el ritmo de los latidos o las pisadas para comunicarse, imitar a la naturaleza, pedir lluvia, asegurar una buena caza y celebrar nacimientos, muertes o la fertilidad. Los griegos, que la tenían clara en muchas cosas, fueron los primeros en reconocer la danza como un arte, hasta le dedicaron una musa. Su práctica estaba ligada al culto de Dioniso, aunque en el fondo cumplía una función de comunicación y cohesión social.
Nada tan distinto, pienso ahora, de lo que yo sentía parada frente al espejo de una clase de ballet, una forma de decir algo que no tenía otras palabras.
La ciencia también valida esto que el cuerpo ya sabía. “El baile es un lenguaje del cuerpo“, dice Julia F. Christensen, neurocientífica del Instituto Max Planck de Estética Empírica y autora de Dancing is the Best Medicine, nuestro cerebro entendería los gestos del baile como un lenguaje expresivo en sí mismo. Una revisión científica señala que bailar puede reducir síntomas depresivos más que otros ejercicios, y la explicación estaría en esa mezcla de música, movimiento y vínculo social. A diferencia de otros ejercicios, bailar involucra cuerpo y mente a la vez, y permite expresar emociones sin necesidad de ponerlas en palabras.
Anticipar una melodía estimula la dopamina, moverse libera endorfinas, y hacerlo en grupo aumenta la oxitocina, la hormona de la confianza y el vínculo social.
Yo eso lo vivo antes de tener nombre para ponerle. Bailar de a muchos, aunque sea mal, aunque nadie esté coordinado, tiene algo que resetea. Las risas y las preocupaciones compartidas a través del movimiento se van transformando en algo que no sé explicar del todo, salís distinta. En distintas culturas, los espacios de baile funcionaron siempre como refugios colectivos frente a la adversidad, desde clubes de barrio hasta pistas improvisadas, moverse juntos crea una unión que trasciende lo físico.
Ojo que esto no lo digo yo. Los investigadores observan que, en esos momentos álgidos, cuando el ritmo se acelera y los desconocidos se mueven al unísono, ocurre algo llamado sincronía intercerebral, una alineación de la actividad cerebral entre las personas que difumina la línea entre uno mismo y el otro.
Yo no tenía el término, pero me acuerdo perfecto de esa sensación arriba de un escenario, cuando dejás de sentir dónde terminás vos y empieza el resto del cuerpo de baile.
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