Llega diciembre y el ambiente se satura con una sola palabra: cerrar. Es la pretensión social, ese pájaro carpintero interno que nos insiste en ponerle un tope, un fin ordenado, a este trozo de tiempo. Aunque para sobrevivir inventamos comienzos y finales, en el fondo sabemos que esta exigencia es artificial.
El 31 de diciembre no hay un corte de magia. El 1 de enero, la persona que éramos, las batallas que libramos y los sueños que pospusimos siguen exactamente ahí, esperando detrás de las burbujas del espumante.
Propongo una pausa para la risa. Aprendamos a burlarnos de estas auto exigencias, especialmente para quienes navegamos hundidos en la ciénaga de la agenda, los Excel y el multitasking. Es vital interrumpir ese loop de híper productividad y plantear una pregunta subversiva: “¿Y si simplemente me rindo?” ¿Qué pasa si hoy no soy el más eficiente?
La clave no es el drama, sino la rendición momentánea. Permitirnos reír, admitir que estamos hartos. No se trata de un hartazgo dirigido, sino de la fatiga acumulada, la torta de panqueques de tareas, roles y expectativas que se apilan sin descanso. ¿Quién no ha fantaseado con pedir que paren el mundo?
Hemos sido condicionados a creer en el arquetipo del “poli rubro” perfecto. Debemos ser profesionales impecables, padres infalibles y malabaristas emocionales con la pareja, navegando un mar de esfuerzos simultáneos. Esto produce una herida constante: la sensación de que “hay algo que quiero lograr y no me está saliendo”.
Esta sensación nos hace sentir siempre en deuda, y la culpa, esa “maldita de la película”, se encarga de amargarnos el final. La reflexión es que nuestra vida no necesita extremos. No somos el reel de Instagram ni tampoco un fracaso. Somos una complejidad deliciosa: una sumatoria de grises y contradicciones. Nos gusta el trabajo, nos gusta el tiempo de calidad familiar y nos gusta el ocio, en pareja, con amigos o solos. Es difícil compaginar, sí, y es normal que cause angustia y parálisis.
Y la dificultad se dispara en diciembre. Al agobio diario se suma el armado del arbolito, la logística de los regalos, el imperativo de no perderse ningún brindis y la tentación de espiar en IG para que la envidia nos recuerde lo “bien” que lo pasaron los demás. A eso hay que sumar el peso emocional de las ausencias y la paciencia requerida para las presencias inevitables.
Y la prueba de fuego de nuestra multifacética existencia es lograr que el arbolito de Navidad parezca salido de una revista de diseño escandinavo, pero con las bolitas heredadas de hace veinte años que se niegan a coordinar. Tenemos que ser, simultáneamente, personal shopper de Papá Noel, chef de catering, decorador minimalista y terapeuta de las tensiones familiares. Y todo eso, mientras recordamos que la botella de espumante debe estar fría a la medianoche. ¡Un aplauso para este nivel de exigencia absurda!
Vivimos en un tiempo donde los estándares de vida están ridículamente altos: alimentación, estética, crianza. ¿Se acuerdan cuando el aburrimiento era, simplemente, creativo? Ahora todo debe ser una “experiencia” digna de ser publicada. Viajar no es aventura, es un Excel detallado con Plan A, B y C.
Esta alta vara cultural, alimentada por la idealización de la vida en redes, nos ha robado la paz.
Dejemos de lado el agotador mandato de ser feliz. Cambiémoslo por la simple honestidad de amigarnos con el “no llegué”, el “no pude”. Al final, somos seres hechos de miedos y fragilidades.
En voz alta, en este diciembre digamos: “No quiero ser mejor en nada”. Abramos la puerta a las pequeñas cosas y dejemos de correr tras la zanahoria inalcanzable. ¡Que se vayan Superman y Superwoman! La adultez es, por definición, elegir. Y cada elección es una renuncia consciente a todo lo demás.
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