En un grupo de WhatsApp de amigas circula una nueva categoría de chiste. “Yo ya me decreté abuela, le digo nieto al perro de mi hija”. Otra sube la apuesta, “No desesperemos, en cualquier momento sacan el nieto robot con inteligencia artificial, que además no va a llorar de madrugada, ni contestará mal en la adolescencia y vendrá con garantía de tres años.” Una tercera remata: “Yo ya le compré el jueguito de té a mi gato. Tomamos el té los domingos. Él no toma, pero acompaña.” Se ríen. Emojis de llanto y risa al mismo tiempo, el clásico. Después cortan la videollamada y alguna se queda un rato mirando el techo.
Y aunque el chiste circule más entre mujeres, ya sabemos que los varones no arman grupos de WhatsApp para procesar este tipo de situaciones, les toca y lo procesan en silencio, mirando un partido de algo que se esté jugando en algún lugar del planeta. El silencio habla, a veces más que un chat.
Nadie le pregunta al abuelo en potencia cómo lleva lo de no ser abuelo. Se supone que a los hombres esas cosas “no les pegan tanto”. Les pegan. Lo que pasa es que no tienen quizás dónde escribirlo, y quizás lo vuelcan, en el mejor de los casos, en el jardín, en la parrilla, o en una nueva obsesión como la carpintería.
El asunto es demográfico, tiene estadística, como para que nadie diga que exagero. La tasa de natalidad viene en caída sostenida desde hace años, y las razones son variadas, económicas, culturales, existenciales, quién sabe si hasta climáticas, porque traer un hijo al mundo con la promesa de cuarenta y cinco grados en octubre tampoco es que entusiasme, pero el resultado es el mismo para miles de familias.
El cuentito de “se crece, se forma pareja, se tienen hijos, los hijos tienen hijos” ya no cierra como antes. No es que unos pocos se quedaron sin nietos por mala suerte individual, como quien no gana la lotería. Es que el libreto entero cambió de guionista, y los potenciales abuelos llegaron a sentarse a ver una serie que ya había terminado y no tenía segunda temporada.
Trataré de ser lo más precisa posible con las palabras, porque el asunto es delicado y se presta a confusión. Es verdad que no es la muerte de nadie, sólo es archivar una escena que muchos de nosotros, sobre todo quienes fuimos criados creyendo que la vejez venía con nietos incluidos, dábamos por hecha.
Estaba en la foto mental del living. En el “algún día los llevamos a la costa”. En esa fantasía muda de la continuidad, el as bajo la manga que uno guardaba para la vejez.
Un modelo de “cómo envejecer bien” que se armó en otra época, para otra demografía, y que a esta altura hay que dar de baja. No porque haya fallado alguien, sino porque el molde ya no entra en la vida real.
Ahí está, para mí, el verdadero trabajo de esta etapa, no llorar el modelo viejo, sino animarse a diseñar uno nuevo, con la incomodidad de no tener a quién copiarle la fórmula. Ser los primeros conejillos de indias de la no abuelidad posmoderna, con todo lo incómodo y lo excitante que eso tiene.
No hay dos bandos. No están “los abuelos sobrecargados, deshechos por el cuidado de nietos ajenos a su propia vida” de un lado, y “los abuelos frustrados, que sufren por no tenerlos” del otro.
Son la misma persona, muchas veces, sintiendo las dos cosas un mismo día. El que agradece profundamente no tener que salir corriendo a buscar a nadie al colegio bajo la lluvia, con el auto en doble fila y la maestra mirando el reloj. Y el que, dos horas después, ve la foto de un amigo con su nieto en brazos y siente una puntada que no logra precisar el origen.
Bienvenido matiz incómodo, no hay bando correcto. Hay ambivalencia, palabra poco vendedora, pero honesta.
Mientras tanto, con creatividad de emergencia y un poco de humor negro la especie humana se las arregla. Como siempre. Aparecen los nietos improvisados, el perro con campera cuando hace ocho grados y con piluso si hace menos de cinco, la sobrina que aparece cada tres domingos y de repente hay que hacerle de todo o, el hijo del amigo que te dice “tío” sin que nadie se lo haya pedido y que te convierte en el proveedor oficial de golosinas prohibidas.
Hay quien directamente adopta al hijo adolescente de la vecina, sin trámite legal, solo a fuerza de milanesas y de escuchar sin juzgar. No es un reemplazo patético, es más bien un invento bastante ingenioso, la prueba de que el cariño, cuando no encuentra la puerta principal, busca la ventana, y si no hay ventana, hace un agujero en la pared.
Los hijos, mientras tanto, tienen todo el derecho de decidir si quieren o no tener hijos. Esa decisión no se negocia con el apellido, ni con la genética, ni con nuestra fantasía de eternidad low-cost. Pero que la decisión sea de ellos no significa que la tristeza tenga que desaparecer por decreto. Las dos cosas son reales, conviven y sostenerlas juntas, sin convertir el dolor en reproche, ni el reproche en cena de Navidad tensa, es, quizás, el primer ladrillo del nuevo modelo.
Porque la verdad es que, a los abuelos de hoy y a los que nunca lo serán, nadie les enseñó el oficio nuevo. No hay manual, no hay tutorial de YouTube, no hay curso de Zonaprop para esto. Capaz que la IA te puede inventar uno. Yo soy de las que creen que nos toca inventar sobre la marcha, con torpeza y con libertad.
Ya no hay manual. ¿Y ahora?
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