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sábado 18 de julio de 2026

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La esclavitud del perfil secundario

Por Fabiana Cianfanelli

El Finsta ya no es un secreto. Nuestros hijos (y algunos padres) tienen dos perfiles en redes. Uno, el “mostrable”, con publicaciones escasas y cuidadas. El otro, el real, es una cuenta secreta, la “posta” donde solo están los mejores amigos. Esta doble vida digital revela una dolorosa verdad sobre la identidad y las exigencias estéticas que enfrenta una generación que busca la belleza más del afuera que del adentro.

Esto no me sorprende, porque quienes no somos nativos digitales, también teníamos distintas caras. ¿Acaso no teníamos la “cara familiar” vs. la “cara social”? La diferencia es que antes la presión era en el patio de la escuela; hoy es 24/7 y global. Y la diferencia es que nuestra máscara no era digital, lo que hace el riesgo actual mucho mayor.

Como bien señala la experta en tecnología Sherry Turkle: “El problema es que, cuando nos sentimos vulnerables, la red social nos ofrece la oportunidad de ocultar la complejidad y presentar solo lo que queremos que vean. Creamos avatares que son armaduras. Pero la armadura, si se usa demasiado, se convierte en una prisión que nos aísla de la verdadera intimidad y del autoconocimiento.”

Qué difícil es conocerse, encontrarse y hacerse amigo de uno mismo. Lo que antes se vendía en un frasco llamado autoestima, hoy te la bajan de un swipe o de un comentario hostil. Que, si no estás fit, si tu nariz no es perfecta, si los likes son escasos para ser cool… El problema no es solo la performance, es la lista de control que nos imponen: Tener rutinas de skin care en TikTok o fines de semana instagrameables (si no, ¿exististe?) o dentadura “blanca como el mármol”.

Esta presión no es accidental. Está aceitada por una industria global que capitaliza la inseguridad. Los filtros y los cánones hegemónicos son la herramienta de marketing más potente para vender promesas de una perfección efímera. En fin. Como diría mi abuela mucho ruido y pocas nueces.

Simplificar la tecnología como “el enemigo” es erróneo. Muchos jóvenes encuentran en las redes espacios de pertenencia y apoyo para identidades marginadas o causas sociales vitales. El problema no es la herramienta, sino la cultura de la exhibición performativa que se instaló en ella. La psicóloga y terapeuta familiar María Soler explica que “el entorno digital no es un juego; es un espejo distorsionador con una audiencia de millones. Los adolescentes no buscan solo la aceptación, buscan la pertenencia, y si la pertenencia se mide en cánones de belleza, la lucha es desigual”. La verdad es que necesitamos herramientas más complejas que la simple desconexión.

Como padres, nuestro rol va más allá de “no hagas caso” o “si no te gusta, no lo sigas”. Debemos ser espejos de validación que no dependan del algoritmo. La verdadera revolución estética comienza en casa: enseñando que esa “caja de herramientas” para reparar nuestro espíritu no se compra, sino que se construye con silencio, escucha y la aceptación radical de nuestra propia imperfección.

La verdad (la mía, por supuesto, y de nadie más) es que primero arranquemos como el hornero, haciendo una sólida casita, nuestro espíritu. Al que debemos darle bola. Al que debemos hablarle, escuchar y en caso de identificar alguna rotura, tener a mano nuestra caja de herramientas.

¿Qué hay en esa caja, en tiempos de filtros y scroll infinito? El slow living de la identidad, es decir la habilidad de detener la performance. Tomarse tiempo fuera de la cámara para sentir, no para mostrar. El diario de la no-perfección, que significa practicar la autocompasión y aceptar lo que la industria llama imperfecciones como rasgos únicos y, por último, la dieta digital; aprender a curar el feed. Dejar de seguir cuentas que generan envidia o ansiedad, y reemplazarlas por contenidos que nutran el espíritu y el intelecto.

En su obra La salvación de lo bello (2015), el filósofo surcoreano Byung-Chul Han dice que el culto de la belleza en el mundo digital termina por vaciar el concepto: transformada en producto, la belleza pierde profundidad y se rinde al consumo rápido del “me gusta”. Lo extraño, entonces, no es un accidente sino consecuencia, un síntoma visible de una sociedad que ha enfermado.

No digo menos bótox y más meditación. Hablo de cuestión de medidas, de matices. De no irnos al pasto. Decía Saint Exupéry: “lo esencial es invisible a los ojos”.

Que la estética no nos gobierne, no perdamos el bastón de mariscal, no entreguemos nuestra autonomía a cánones impuestos por la industria de la estética. La belleza que debemos atender, sí o sí, es la de nuestra alma, que es la que se irradia en nuestra sonrisa, en la luminosidad de nuestra mirada.

Brillemos y seamos luz en la oscuridad de lo efímero.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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