Lo Último

Un poco más de Robinson Crusoe y menos de Don Quijote

Por Fabiana Cianfanelli

Una amiga compartió en el grupo un reel, sí, el algoritmo también nos educa, con una entrevista a la actriz y escritora Pino Montesdeoca. Ella dice algo que me quedó dando vueltas varios días, las mujeres de más de 50 somos la esperanza para las generaciones que llegan con las manos vacías de futuro. Me senté con eso un rato, con el mate, sin abrir ninguna app, que ya es un logro.

La desesperanza juvenil ya no es patrimonio de ningún país en particular. Es del planeta entero, y se nota. Lo noto en conversaciones con jóvenes que conozco, una energía rara, entre el cinismo y la fatiga, como quien llegó tarde a una fiesta que tampoco era tan buena y encima no había comida.

Aunque tampoco quiero caer en la generalización fácil. Conozco jóvenes que construyen, que se organizan, que inventan formas de vivir con una creatividad que me da un poco de envidia y otro poco de esperanza. La desesperanza no es un destino generacional, es un clima predominante. Y los climas tienen zonas, hay bolsones de aire fresco en el medio. Pero el clima general igual pesa, y se nota en cosas concretas. El desplome de la natalidad, por ejemplo, ya no es un problema exclusivo de los países ricos y desarrollados. Es una tendencia global, simultánea y bastante acelerada, y algo tiene que estar empujando para que pase en tantos lugares a la vez.

Y si uno está así de desanimado, no sorprende que tampoco tenga muchas ganas de traer hijos al mundo. El desplome de la natalidad ya no es un problema exclusivo de los países ricos y desarrollados. Es una tendencia global, simultánea, y bastante acelerada. Un artículo reciente del Financial Times apunta a algo que, dicho así, suena casi demasiado simple, la gente forma menos parejas. Y eso tiene bastante correlación con la llegada masiva del smartphone y con el hecho de que cada vez salimos menos a encontrarnos con otros de carne y hueso. Dos investigadores de la Universidad de Cincinnati analizaron la expansión del 4G en Estados Unidos y el Reino Unido y encontraron algo llamativo, donde llegó antes la conexión de alta velocidad, antes empezaron a caer las tasas de natalidad. Casualidad, quizás. Pero qué casualidad tan puntual.

Ahora bien, no me gusta la explicación fácil. Los smartphones probablemente no sean la causa sino el acelerador de algo que ya venía cocinándose a fuego lento desde hace décadas. Como cuando le echás nafta a un fuego que ya estaba prendido, la nafta no lo empezó, pero tampoco es inocente.

El desafío no es cuántas horas pasamos mirando una pantalla, sino darnos cuenta qué desplaza ese tiempo. Cuánto sueño perdemos, cuánto movimiento evitamos, cuánto contacto real resignamos. El otro día estaba en un café y en la mesa de al lado había cuatro personas que no se hablaban. Cada una en su pantalla, cada una en su mundo. No era una escena dramática ni excepcional. Era martes a la tarde. Era lo normal, y eso es exactamente el problema. No es la pantalla lo que nos hace mal. Es lo que dejamos de hacer mientras la miramos.

Vivimos en un mundo de estímulos incesantes, donde hasta el silencio tiene banda sonora obligatoria, elegí un sonido, que tu historia llegue a más gente. Y, sin embargo, o quizás justo por eso, lo que más falta hace hoy es el blanco. No el blanco frustrante de la pantalla que no carga. El blanco como pausa, como posibilidad, como ese momento en que no pasa nada y resulta que sí pasa algo.

Peter Brook escribía en El espacio vacío que un hombre cruzando un espacio mientras otro lo mira ya es teatro. El blanco no es ausencia, es el fondo sobre el que se arma la escena. Las rugosidades están ahí, en la pared blanca. Somos nosotros los que no sabemos verlas, o solo vemos lo que ya viene saturado de color, ruido y urgencia.

Hay algo que las mujeres de más de 50 tenemos que no es mérito sino simplemente cronología, memoria corporal de otro modo de estar en el mundo. Sabemos lo que es esperar. Esperar una carta, esperar que alguien llegue sin poder avisarle, esperar que el teléfono de línea quedara libre porque tu hermana llevaba cuarenta minutos hablando. Sabemos lo que es el aburrimiento sin pantalla, ese aburrimiento fértil que obligaba a mirar por la ventana, a inventar, a pensar sin dirección fija. No digo que fuera mejor. Digo que eso también nos formó, y que lo llevamos adentro, aunque hoy también tengamos Instagram y perdamos veinte minutos en reels de gatos haciendo cosas.

Porque eso es lo particular de esta generación, somos bilingües culturales. Aprendimos las reglas nuevas sin que las viejas se borraran del todo. Podemos movernos con soltura en el mundo digital y también sentarnos dos horas a tomar un café sin ansiedad, sostener una conversación sin escapatoria posible, tolerar el silencio de otra persona sin interpretarlo como una agresión personal. Esa doble pertenencia, que a veces vivimos como no terminar de encajar en ningún lado, es en realidad algo bastante valioso, aunque no tenga hashtag propio todavía.

Pero ojo, porque el puente no se construye con sermones. El mayor error que podríamos cometer es caer en el “ustedes los jóvenes”, esa queja generacional que cierra más puertas de las que abre y que, seamos honestas, tampoco es tan diferente de la que nos dieron a nosotras en su momento. El puente funciona cuando se muestra, no cuando se predica. Cuando una mujer vive con presencia, con tiempo propio y sin disculparse por eso, eso se nota. Contagia bastante más que cualquier consejo, por bien intencionado que sea.

La desesperanza que describía Pino no es una falla individual de los jóvenes de hoy, no es que sean débiles ni que no sepan lo que quieren. Es un clima. Y los climas no los cambia una sola persona con mucha voluntad. Los cambia la masa crítica, la acumulación de ejemplos concretos, la evidencia repetida de que hay otra manera. Los puentes los construyen los que ya cruzaron y se acuerdan de cómo era el otro lado.

Si tuviéramos que elegir un personaje literario para el ser humano contemporáneo, ninguno me parece más preciso que Don Quijote. No Robinson Crusoe, esa fantasía de la isla desierta hoy rebautizada como “desconexión digital”, que es tan improbable como poco deseable. Nadie quiere estar realmente solo, aunque lo postee como si fuera un logro espiritual con buena luz natural. Somos más bien quijotes, vivimos alucinados con las narrativas de los demás, convencidos de que nuestra realidad es la que nos cuentan otros. Hoy esa realidad llegó virtualizada por las redes, pero la operación de fondo es vieja. ¿O acaso no tenemos a veces la sensación de estar todos apretados en la misma playa de Brasil, aunque ninguno haya salido de su casa?

Quizás la tarea sea esa. Encontrar un poco más de Crusoe adentro nuestro, no para huir del mundo sino para recordar que también sabemos habitarlo sin que nos lo expliquen. Y de paso, mostrarles a los que vienen que la desesperanza no es el único clima disponible. Que hay otro lado, y que vale la pena ir a verlo.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)

- Publicidad -