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Réquiem al teléfono

Por Fabiana Cianfanelli

Muchos de los que lean esta columna van a correr a preguntarle al ChatGPT qué es un cospel. Paren, no corran. Les cuento. Y si están tentados de mandarme un audio de WhatsApp para decirme que ya lo saben, este texto es exactamente sobre eso.

Cuando era chica, pocas familias tenían teléfono en casa. Para hablar con alguien había que salir a buscarlo: una cabina en la calle, una ranura, una ficha de metal. El cospel. Pocos minutos garantizados, nada de privacidad, el almacenero de al lado escuchando cada palabra, y sin embargo una urgencia real detrás de cada llamada. Hablar con alguien era un acto con peso. Requería ganas, monedas y determinación. Era, en definitiva, un deporte de alto rendimiento emocional.

No había forma de avisar que ibas a llamar antes de llamar. Sonaba el teléfono y del otro lado aparecía una voz, sin preámbulos, “nos vemos en quince minutos en la esquina”. O directamente te tocaban el timbre y caían de visita, sin agenda ni coordinación previa. Hoy eso sonaría a invasión. En aquel entonces era simplemente el modo en que las personas se encontraban. No había un ¿éstás? previo, ni un cuando puedas, ni un sin apuro. Había una persona en la puerta, con o sin facturas, y había que recibirla.

Y había que estar. Eso era lo revolucionario. No había forma de aparecer y desaparecer a voluntad, de leer el mensaje y no contestar, de dejar en visto con toda la frialdad quirúrgica que permite la pantalla. Si alguien te llamaba y vos estabas, atendías. Si no estabas, no estabas, y punto. No existía el limbo contemporáneo del visto, esa pequeña crueldad moderna de confirmarle al otro que existís pero que preferís no demostrar interés.

Hay toda una coreografía doméstica que se perdió con el teléfono fijo y que merece un capítulo aparte en la historia de la humanidad. El cable espiral que se estiraba desde la cocina hasta el comedor para que no escucharan. El adolescente que negociaba el aparato como si fuera territorio conquistado, con una mano sobre el auricular y cara de por favor, todos afuera. La abuela que gritaba igual, aunque la línea fuera perfecta, por si las moscas. El padre que preguntaba ¿quién era? con esa mezcla de autoridad y curiosidad que hoy sería catalogada de vigilancia y que en aquel entonces era simplemente la dinámica familiar.

Y la agenda. Esa libretita manuscrita con números de teléfono donde la letra cambiaba de renglón en renglón porque la había ido completando a lo largo de años, con distintas lapiceras, distintas urgencias. Algunos números estaban tachados, mudanzas, divorcios, muertes, y aun así nadie los borraba del todo, como si tachar fuera suficiente duelo. Hoy tenemos los contactos guardados en la nube, sincronizados en todos los dispositivos, respaldados en tres servidores distintos. Y, sin embargo, hay menos personas a las que llamar.

Lo que se ha perdido no es la tecnología precaria. Lo que se ha perdido es la disposición. Esa voluntad de mostrarse disponible para el otro sin mediación ni protocolo. Hoy, llamar a alguien directamente al celular puede despertar una irritación desproporcionada, como si la voz en tiempo real fuera una intromisión, una falta de respeto, casi un delito menor. Me río cuando alguien dice te llamo y a los cinco minutos llega un audio de WhatsApp de cuatro minutos grabado mientras manejaba por la autopista. Eso no es llamar. Eso es un monólogo con distribución diferida.

El audio de WhatsApp merece una reflexión propia porque es uno de los inventos más curiosos de nuestra época. Logramos crear un formato que tiene la informalidad de una llamada, pero sin el compromiso de tener que escuchar al otro en tiempo real. Yo hablo cuando quiero. Vos escuchás cuando podés. Nadie interrumpe a nadie. Nadie tiene que improvisar. Es la conversación perfectamente asincrónica, perfectamente controlada, perfectamente solitaria. Hemos optimizado la comunicación hasta quitarle casi todo lo que la hacía humana.

Y ni hablar de los grupos. Tenemos grupos de WhatsApp con nombres cariñosos, Las chicas del alma, Los de siempre, Familia querida, donde nadie dice nada importante. Se mandan memes, cadenas sobre el frío, fotos de atardeceres, el inevitable buenos días con girasoles que nadie pidió. Intimidad simulada. Pertenencia en cuotas. Una forma de decir sigo siendo parte de esto sin tener que demostrar absolutamente nada.

El otro día llamé a una amiga, sí, todavía tengo amigas a las que puedo llamar sin que se enojen ni me manden al buzón de voz de manera ostentosa, y apenas atendió me dijo que se estaba tomando un tecito. Pensé, qué buena idea. Me levanté, me preparé uno, y lo tomamos juntas a la distancia, con la misma fascinación por saber de la otra que tenemos desde hace más de cuarenta años. No hubo gif. No hubo emoji de corazoncito. Hubo dos voces y dos tazas. Radical, lo sé.

Soy de las que hacen visitas telefónicas. Tengo una amiga que me acompañó en incontables regresos desde el centro por la Panamericana, a veces conversando durante una hora entera. Sin temario. Sin orden del día. Sin que nadie hubiera agendado la reunión con quince días de anticipación y enviado el link. Solo dos personas hablando, como hacía la humanidad antes de inventar mejores formas de no hacerlo.

Esas conversaciones tenían una cualidad que se fue con ellas, la divagación. La charla que empezaba en el trabajo y terminaba en el recuerdo de unas vacaciones de hace veinte años, que pasaba por una preocupación por un hijo y llegaba de rebote a una receta de budín que las dos teníamos pendiente. Hoy las conversaciones tienen propósito. Se inician para algo y terminan cuando ese algo se resuelve. La charla sin objetivo, la que solo sirve para estar, para saber que el otro existe y que a vos te importa saberlo, esa se está extinguiendo en silencio.

No soy enemiga de la tecnología, uso X, entiendo la lógica de los 140 caracteres, reconozco el mérito del gif perfecto en el momento exacto, pero hay una diferencia entre adoptar nuevas herramientas y abandonar viejas formas de estar. El emoji puede ser afectuoso. El audio puede ser entrañable. Pero no son lo mismo que mirarse a los ojos, ni que escucharse sin apuro, ni que aguantar el silencio del otro sin llenarlo inmediatamente con un meme.

La paradoja es brutal, nunca estuvimos tan conectados y nunca fue tan fácil no hablar realmente con nadie. Tenemos doscientos contactos y tres personas a las que podríamos llamar a las dos de la mañana. Mandamos stickers de abrazo en lugar de abrazar. Ponemos corazones en las fotos de los cumpleaños en lugar de aparecer. Felicitamos por estado. Pésames por mensaje. Toda la gama emocional de la vida comprimida en notificaciones que se leen entre una reunión y la siguiente, con el pulgar, de pie en el ascensor.

Hay algo que me inquieta particularmente, la desaparición del testigo. Antes, cuando pasaba algo, bueno o malo, llamabas a alguien y esa persona estaba ahí, en tiempo real, siendo testigo de lo que sentías en ese momento exacto. Hoy documentamos todo para las redes y en el fondo no le contamos nada a nadie. Subimos la foto del cumpleaños, los likes confirman que existimos, y nos vamos a dormir igual de solos. El aplauso colectivo reemplazó a la voz de una persona que te conoce.

Lo que llamaré la espera, el tiempo que tomaba encontrar una cabina, hacer fila, tener monedas, era también una escuela de intención. Nadie metía un cospel para mandar un meme. Llamabas porque realmente necesitabas hacerlo. Hoy la inmediatez lo hace todo posible y, paradójicamente, nada urgente. La comunicación es ubicua, asíncrona, multimedia. Y a veces, extrañamente, más solitaria.

La espera también tenía otra virtud menos obvia, te obligaba a saber qué querías decir antes de decirlo. Mientras hacías la fila, mientras buscabas el cospel en el bolsillo, mientras marcabas ese número que te sabías de memoria porque no había otra forma, ibas componiendo mentalmente lo que ibas a decir. Había una premeditación amorosa en cada llamada. Hoy mandamos mensajes sin pensar, borramos lo que escribimos, mandamos otro, lo malinterpretamos, aclaramos por audio, nos enojamos igual. La velocidad no mejoró la comunicación. Solo multiplicó los malentendidos.

Hay una escena que no olvido, llorar por teléfono y escuchar del otro lado voy para allá. Cuatro palabras que no caben en ningún formato, que ningún emoji sintetiza, que ningún audio grabado en la autopista reemplaza. Cuatro palabras que significaban que alguien iba a dejar lo que estaba haciendo, ponerse el abrigo, salir a la calle y aparecer. El cuerpo como respuesta. La presencia como argumento.

Martín Kohan observa en su libro Hola que, entre todas las formas de atender el teléfono, “bueno”, “diga”, “mande”, “hable”, la más persistente sigue siendo esa pregunta disfrazada de saludo, ¿hola? No es un saludo, explica Kohan, es la función fática que describió Roman Jakobson, el lenguaje usado para verificar que el canal está abierto, que la comunicación funciona. ¿Hay alguien ahí?

Pienso en eso cada vez que mando un mensaje y espero los dos tics azules. Cada vez que grabo un audio y no sé cuándo lo van a escuchar. Cada vez que un cumpleaños pasa sin una llamada y solo con notificaciones. Seguimos haciendo la misma pregunta de siempre, con distintos formatos, con la misma ansiedad de fondo. ¿Hay alguien ahí? ¿Me estás escuchando? ¿Importa lo que digo?

No añoro el cospel ni la cabina ni la fila ni al almacenero metiendo la oreja. Añoro la certeza de que cuando alguien llamaba, llamaba de verdad. Sin ensayar. Sin editar. Sin mandarte primero un hola, ¿puedo llamarte? para que tengas tiempo de preparar una excusa. Añoro el tiempo en que conectarse con alguien era un acto físico, torpe, costoso, y precisamente por eso, inequívoco.

Hola. ¿Hay alguien ahí?

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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