Lo Último

Todos en la misma mesa

Por Fabiana Cianfanelli

Vengo de cinco días sumergida en el bálsamo familiar tucumano. Cinco días de cruzarme con gente linda, de abrazo generoso, de corazón caliente y de mesa que no cierra hasta que el último se va. Quizás esto no les sorprenda, ustedes también tendrán su bálsamo de amor, en alguna ciudad, en alguna casa, en algún asado que empieza a las dos y termina cuando ya oscureció. Lo que me impactó esta vez no fue el afecto en sí. Fue otra cosa, la absoluta falta de segregación por edad. Ahí estaban todos, mezclados, sin que nadie hubiera firmado ningún decreto para que así fuera.

La mezcla no ocurre sola. Y ese es el problema. La intergeneracionalidad, es decir, la posibilidad de vincularnos, intercambiarnos y enriquecernos entre personas de distintas edades debería ser lo más natural del mundo. Y, sin embargo, no lo es. Porque una cosa es coexistir y otra muy distinta es compartir. Convivir en el mismo edificio no es lo mismo que tomarse un café. Estar en la misma reunión familiar no es lo mismo que escucharse de verdad.

Y ojo, cuando digo intergeneracionalidad no me refiero solo a “aprender de los mayores”, esa idea bienintencionada pero un poco condescendiente que implica que los jóvenes llegan vacíos y los viejos llegan llenos. El concepto es más profundo, más recíproco, más incómodo e interesante que eso.

Cada espacio que habitamos es una réplica en miniatura de la sociedad. Desde la familia hasta la empresa, desde el club hasta el grupo de WhatsApp que nunca silenciamos. Y nuestra sociedad sigue siendo, hay que decirlo, profundamente edadista. La edad todavía define quién tiene derecho a probar, a pertenecer, a ser escuchado, a circular con curiosidad, deseo o irreverencia. A los veinte te dicen que sos inexperto. A los cincuenta te dicen que ya estás. A los setenta directamente te hablan más fuerte, como si los años fueran también para los oídos.

Hay algo que el edadismo sistemáticamente ignora, el flujo no es unidireccional. No son solo los mayores quienes tienen algo para dar. Los más jóvenes traen consigo una mirada sin capas de resignación acumulada, una relación con la tecnología que no es solo habilidad técnica sino una forma diferente de leer el mundo, y una capacidad para cuestionar lo que “siempre se hizo así” que, bien recibida, vale oro. Las generaciones intermedias, por su parte, sostienen silenciosamente puentes que nadie nombra, traducen, median, sostienen, conectan, sin reconocimiento y sin cargo oficial. Y cualquier persona, con o sin poder, con o sin título, puede iniciar este cambio. No hace falta ser director de nada. Alcanza con hacerle una pregunta genuina a alguien veinte años más joven o viejo, y escuchar la respuesta sin la condescendencia del que ya sabe. Ese gesto simple, repetido, es revolucionario.

Por eso la intergeneracionalidad hay que volverla intencional. No va a caer del cielo.

Nos enseñaron a juntarnos por edad desde el primer día. La escuela, el club, las divisiones deportivas, los grupos de juego. Todo organizado por cohorte etaria, como si la humanidad fuera una fábrica con lotes de producción. Eso va dejando huella. Nos acostumbramos a dividir entre “nosotros” y “los otros”, y ese hábito abre la puerta al sesgo sin que nos demos demasiada cuenta.

¿Quién no recuerda haber dicho de niño “no juego con él porque es más chico”? Y era apenas dos años de diferencia. Dos años. Como si en ese abismo cronológico habitara una especie diferente. Esa muralla, pequeña, ridícula, poderosa, se construye temprano y hay que derribarla también temprano, desde la marca cultural que recibe un niño.

Además, tener determinada edad no lo explica todo. La edad orienta, da pistas, puede incluso predecir ciertas cosas. Pero no tiene estatus de “estado puro y literal”. No es lo mismo ser niño en un barrio con biblioteca que en uno sin acceso a nada. No es lo mismo envejecer siendo mujer que siendo hombre en esta sociedad. No es lo mismo tener cincuenta años con autonomía económica que sin ella. De modo que personas de una misma generación pueden estar en etapas vitales completamente distintas. Necesitamos leer a las personas en su trama completa, con toda la complejidad que cargan. La edad es un dato. No es el relato entero.

Si nos atreviéramos a no etiquetar. Si miráramos al otro sin el prisma de sus años, probablemente descubriríamos que tenemos más cosas en común de las que suponemos. Compartimos valores, miedos, deseos, aunque los nombremos diferente, aunque los festejemos con músicas distintas. La conversación se fertiliza ahí, en ese territorio común. Un puente se construye apenas asimilamos esta consigna, el otro no es tan otro.

¿Y qué hacemos con todo esto? Habilitar la mezcla. Empujarla si hace falta. Y para eso no hace falta promulgar ninguna ley ni crear ninguna secretaría. Alcanza con sentarse sin autocensura. Con fomentar encuentros a partir de lo que tenemos en común, para enriquecernos desde aquello que nos diferencia por haber transitado épocas distintas. Vale la pena pensar en todo lo que nos perdemos cuando no lo hacemos. Qué conversaciones nunca llegan a ocurrir. Qué alianzas nunca se forman. Qué ideas nunca se cruzan.

Estoy convencida de que esta ampliación es condición para construir sociedades más justas, inteligentes y preparadas. Y si eso suena demasiado utópico, pensémoslo de manera pragmática, el mundo envejece, la natalidad cae, y a todos nos va a tocar estar de un lado o del otro del mostrador. ¿Por qué no eliminar el obstáculo antes de necesitar cruzar?

Ser amable es una decisión. No es un rasgo de personalidad ni una bendición genética. Es elegir, todos los días, tratar a los demás con empatía y respeto, sin importar cuántos años tengan, sin importar de qué lado del mostrador estén parados. Porque al final, el éxito, el dinero y la fama se desvanecen. Pero la forma en que hiciste sentir al otro siempre queda.

No lo digo yo. Lo dijo Olivia Colman. Yo solo lo suscribo en un cien por ciento. Y con el bálsamo tucumano todavía circulándome por las venas, lo creo más que nunca.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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