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jueves 16 de julio de 2026

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Del para siempre al más o menos

Por Fabiana Cianfanelli

La semana pasada les adelanté que tenía ganas de reflexionar sobre cómo amamos en el siglo XXI. Hace poco me crucé con un término que me dejó pensando: “monogamish”. Acuñado por el periodista estadounidense Dan Savage, combina monogamy con el sufijo ish (que funciona como un “más o menos”). Define a esas parejas que no son 100% cerradas, pero tampoco totalmente abiertas. ¡Epa! Hasta ayer mi diccionario sentimental llegaba a la monogamia, el poliamor, los amantes o el “chongo”. Pero el lenguaje, como el deseo, siempre va un paso adelante.

Investigué un poco más y descubrí que hay estadísticas que ya cuantifican estas prácticas. No solo la ciencia mira a la Luna con la expedición Artemis II; también se detiene, quizás con más urgencia, a estudiar nuestros vínculos. Formas del querer que, admitámoslo, son cada día más creativas. En “criollo”, este monogamish suena a monogamia a medias, un consenso donde, por ejemplo, si me voy de viaje con amigas, dejamos la puerta entornada “por las dudas”.

Para los que nacimos en el siglo pasado —suena fuerte, lo sé—, estas modalidades nos hacen un ruidito. Somos dinosaurios intentando entender un ecosistema nuevo. Sin embargo, hay algo de estas nuevas camadas que me resuena, el cuestionamiento a la convivencia obligatoria. Hoy, compartir el metro cuadrado no es un destino ineludible, sino una elección. Se entiende que la autonomía es prioridad y que el amor no se mide por el desgaste de compartir el baño, sino por la calidad del tiempo compartido. Hasta ahí, estamos 100% de acuerdo.

Pero no todo es color de rosa en la modernidad. Las redes sociales y las aplicaciones de citas han reforzado lo que Zygmunt Bauman llama “modernidad líquida“. Esa ilusión de abundancia donde, si algo no funciona, basta con deslizar el dedo. El reemplazo parece más sencillo que la reparación. Como dice Bauman: “En una sociedad líquida, las relaciones se mantienen mientras satisfacen, y se desechan en cuanto generan incomodidad”.

A esto se le suma lo que señala la coach Patricia Navarro, que hoy se percibe la relación como sinónimo de pérdida de libertad. Y aparece la llamada “generación de cristal”, jóvenes que a veces cargan con un miedo irracional al rechazo o a la crítica, lo que les impide abrirse al otro con verdadera vulnerabilidad. Es curioso, a menudo se los escucha decir con nostalgia que “antes los amores duraban más”, como si extrañaran una solidez que ellos mismos no saben cómo construir.

Como bien dice Tamara Tenenbaum, la monogamia siempre fue compleja, pero ahora buscamos simetría y, sobre todo, sinceridad. No es que haya menos parejas; es que hoy las parejas se parecen muy poco a lo que entendíamos por tal hace cincuenta años.

Pareciera que hoy necesitamos etiquetar los vínculos no para entender qué nos une, sino para delimitar hasta dónde estamos dispuestos a herirnos. Usamos el nombre como un seguro contra el riesgo de la entrega, validando el desencuentro antes de que el encuentro siquiera tenga la oportunidad de transformarnos. Quizás el exceso de etiquetas es el síntoma de que nos cuesta mucho navegar el silencio y la ambigüedad. Queremos que el lenguaje resuelva lo que el corazón todavía no se anima a sentir.

Después de tanto investigar términos nuevos, me doy cuenta de que las etiquetas son el intento de nuestra razón por domesticar algo que, por naturaleza, es salvaje, el afecto. Buscamos validar el desencuentro porque nos aterra la fragilidad de un encuentro real, de esos que no tienen manual ni nombre en inglés. Al final, tal vez el acto más revolucionario en este siglo de “amores líquidos” no sea inventar una palabra nueva, sino animarse a sostener la mirada, sin guiones previos, y ver qué pasa.

El desafío, entonces, no será elegir entre el modelo de nuestros abuelos o la fluidez absoluta de hoy. Sino entender que, sin importar el nombre que le pongamos al vínculo, el amor sigue necesitando de un elemento que ninguna aplicación puede simular, el coraje de quedarse cuando la pantalla se apaga. Al final del día, las formas cambian, pero la necesidad de ser vistos y cuidados por otro permanece intacta. ¿Estaremos preparados para tanta libertad sin perder la ternura?

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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