El otro día una amiga me pregunta: ¿Cómo venís con tu mundo de jubilada? Coincidimos en la respuesta, voy y vengo. Por defecto profesional, fui a buscar de dónde venía la palabra jubilación. Viene del latín jubilare, gritar de alegría. Bueno, me pareció un montón para estos tiempos. Aunque, como siempre digo, hay que detenerse a pensar y ver las cosas del derecho y del revés. Spoiler, del revés tiene más tela para cortar.
Por un lado, es cierto que para quienes realizaron trabajos deshumanizantes, o donde nunca hallaron placer en lo que hacían, el momento formal de abandonarlos puede llevarlos a gritar de alegría, o por lo menos de alivio. Eso, el día que ANSES o la caja previsional que corresponda les informa la fecha de su primer haber jubilatorio. Pero ¿y después? ¿Sigue el júbilo, o se cae en la dura realidad de que hay que salir a buscar una changa para llegar a fin de mes? ¿O pesa el silencio de la casa y se extraña la rutina de llevar la vianda a la oficina, de tomar el 60 a las 8 de la mañana y charlar con los compañeros mientras se toman unos mates? Quizás ese trabajo no era tan malo. Al final de cuentas, era lo que llenaba los días. Y el tupper.
Alguna vez caí en la cuenta de que conviví, despierta, con mis compañeros de oficina más horas que con mi propia familia. Y eso, para muchos, es un relleno muy útil. Especialmente cuando el 24/7 en casa no es tan amigable, o cuando la soledad es el huésped que nadie invitó pero que siempre está. Como la humedad.
Por otro lado, están quienes, como yo, decidimos decir basta porque algo nos había saturado, el viaje, la actividad en sí misma, el contexto. Y nos tiramos a la pileta. Algunos con la fortuna de tener el futuro económico asegurado; esos sí gritan de júbilo, porque tendrán tiempo para hacer lo que desean, para desenterrar aquello que postergaron, para darle vida a un sueño que quedó archivado. Despertarse sin horario, pasar horas en el gimnasio, sentir que los días no tienen plan prefijado, pequeñas revoluciones cotidianas. Y el orgullo silencioso de mandarle un mensaje a alguien a las 11 de la mañana del martes y que diga “estoy en el parque”.
Otros, y acá me incluyo, vamos explorando zonas que sabíamos que queríamos ocupar, pero para las que nunca teníamos tiempo. Avanzamos hacia horizontes nuevos, con la ilusión intacta y la calculadora cerca, porque el entusiasmo no paga las cuentas. Lamentablemente.
Después están quienes, aun con la jubilación formal bajo el brazo, no abandonan su actividad. Médicos, abogados, artistas, docentes, siguen al pie del cañón, quizás con algunas licencias y recreos que antes no podían permitirse. Para ellos, el retiro no es un punto final sino una coma. Una coma muy bien puesta, eso sí.
Pero hay algo que pocas veces se nombra y merece detenerse, la jubilación le saca el sustantivo a la persona. Durante décadas, la respuesta a ¿quién sos? fue soy médica, soy docente, soy contadora. Esa identidad, construida ladrillo a ladrillo a lo largo de toda una vida laboral, de repente se disuelve. Nadie avisa que ese duelo viene incluido en el paquete. Y pocos lo preparan. Entre los cursos de Excel y los talleres de liderazgo que nos hicieron hacer a lo largo de la carrera, alguien se olvidó de enseñarnos a soltarnos.
A eso se suma otro territorio que tampoco se habla demasiado, la jubilación como prueba de pareja. Dos personas que construyeron su vida con horarios, ausencias y el trabajo como válvula de escape, de repente comparten las 24 horas. Algunos se redescubren. Otros se descubren por primera vez, y no siempre les gusta lo que ven. Hay matrimonios que sobrevivieron décadas gracias, en parte, a que cada uno se iba a trabajar por las mañanas. El trabajo, sin que nos diéramos cuenta, también era el espacio que mantenía ciertas tensiones a raya. Y ciertas conversaciones pendientes, bien guardadas en el cajón.
Y entonces llego al punto que más me preocupa, el que no es menor. Hay quienes reciben la jubilación porque así lo establece el sistema, los mandan a sus casas, agarran las pantuflas, encienden el televisor y ven cuanto programa deportivo o de chimentos encuentran. Y sin darse cuenta, sin que nadie llame a la puerta, va entrando la depresión. Esa, la silenciosa. La que no avisa. La que te deja quieto.
La ciencia lo confirma con un dato que parece contradictorio, pero en realidad tiene mucho sentido, jubilarse mejora el ánimo antes de que ocurra. Hay una luna de miel, un alivio genuino, una ligereza. Pero dos años después, cuando esa luna termina, cada uno queda a solas con su nueva vida. Y quienes no eligieron irse, los que el sistema empujó hacia la puerta, son los que más riesgo corren. Además, los estudios muestran que el riesgo de depresión no aparece necesariamente en los primeros años, sino que crece con el tiempo, especialmente a partir de la segunda década de jubilación. La trampa es lenta. Y no viene con manual de instrucciones.
Hay también una diferencia que vale la pena señalar, las mujeres suelen atravesar esta etapa con más recursos emocionales y redes sociales más sólidas. Los hombres, en cambio, muchas veces construyeron su identidad casi exclusivamente alrededor del trabajo, y cuando ese eje desaparece, el vacío es más hondo y difícil de nombrar. Ellas llaman a una amiga. Ellos, en el mejor de los casos, patean una pelota.
Ahí están, esas personas que eran tan activas, que tenían un propósito cada día, de repente desguarnecidas. El rey está desnudo. No se dan cuenta, porque tomar el mate a las siete, almorzar a las doce y cenar a las ocho es un plan. Aunque adentro no se haya encendido nada. Solo la hornalla de la cocina.
El jubilare latino prometía un grito de alegría. Pero nadie dijo que ese grito llegaría solo, ni que duraría para siempre. Tal vez la jubilación no sea un destino sino un territorio nuevo que hay que aprender a habitar, con herramientas que nadie nos dio porque nadie nos enseñó a retirarnos. Solo nos enseñaron a trabajar. Con sus días luminosos y sus silencios pesados. Con el júbilo que aparece, y el que todavía estamos buscando.
Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com
Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)










