Cada semana me siento a escribir y la realidad cambia mi punto de interés. Imposible soslayar la partida del Indio Solari. No voy a detenerme a escribir sobre lo que significó su fallecimiento ni lo que fue, es y seguirá siendo para los argentinos.
Por supuesto que él también cayó en la maldita grieta que atraviesa nuestra sociedad. No se trata de una disyuntiva entre “me gusta o no me gusta”, sino algo más provocador, más profundo. Cada personaje de nuestra cultura pasa por filtros sociales de digestión. Depende de que lado te pares, seremos categóricos, casi fanáticos de la postura que defendamos.
La zona gris se fue del grupo, en Argentina. Blanco o negro. Sí o no.
Mientras tanto, hay personas, como yo, que quedamos congeladas delante de las pantallas viendo y escuchando a miles de personas (me da lo mismo si fueron un millón o doscientos mil) que peregrinaron hacia Villa Dominico a dar su último adiós.
Me pregunto qué nos pasa que no nos llama la atención lo que decían los peregrinos y nos quedamos en si tenía un departamento en Nueva York. Yo peregrino a Luján todos los años, desde hace un tiempo y encuentro en ese caminar una comunión y una construcción de comunidad que no la encuentro en ningún otro lado. Hay algo profundo que atraviesa a esa marea humana, una búsqueda, cada cual la propia, que confluye en un mismo lugar y en un mismo misterio, que, en definitiva, es la pregunta acerca de nuestra propia existencia.
Me pregunto donde se podrán canalizar todos los ruidos de tanta gente que se siente rota, abandonada por la sociedad, sin ruta ni abrazo. Los ricoteros y post ricoteros y los miles de argentinos que “necesitaban” ir a “misa” no rezaban, sino más bien iban hacia un lugar donde expulsaban sus demonios y encontraban allí una alegría que les era esquiva.
Fisura se lo llama a quien está roto. ¿Quién no se sintió roto alguna vez? ¿Quién no pasó por una mala? No es fácil vivir, o quizás es muy sencillo, sólo se trata de encontrar donde aferrarse cuando te sentís en caída libre.
Hay quienes encuentran fuerza en la Difunta Correa, el Gauchito Gil, María, Jesús, Evita, Francisco, Acutis, son quienes los cobijan, los escuchan y los abrazan. La vida en común es inestable, torpe, está llena de tensiones y conflictos. Estamos a los golpes y a los tropezones. Cómo no necesitar de un ancla. De un sosiego en un mundo con tantas dificultades.
No me importa quien es el ancla, sólo me interpela y me conmueve conocer el rostro a tanta gente, que con el adió del Indio, se siente sola, huérfana. Para algunos significa el ocaso de su juventud, para otros la partida de quien les daba un lugar y les hablaba a través de la poesía para llegarles a su corazón. Decían que terminaban borrachos de amor (por supuesto que también había alcohol y otras yerbas, pero a eso lo juzgan Dios y las leyes, yo sólo trato de comprender).
Los duelos son largos, lo más complicado es cuando no podemos volver a encontrar el rumbo. Eso es lo que preocupa. Miles de almas que se sienten perdidas. Había alguien que se mudaba a los márgenes de la gran ciudad para abrazar a los marginales. No es despectiva la utilización de la palabra marginal, en cuanto que incluyo a todo aquel (yo también) que no se siente cómodo en el molde, en un formato pre determinado. Almas libres que deambulan buscando un sosiego ante tanta tribulación.
Me importa entender el cómo y el dónde podrán encontrar el camino de salida. “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”. Me duele la oscuridad ajena, la fisura, el ruido de almas rotas que van por la vida mendigando quien los escuche, quien los entienda, los perciba. Detrás de una herida hay una historia, una ausencia, un sentirse perdido. No le escapemos a la empatía.
Seres invisibles que alguien, no importa su nombre, los había hecho reales, les daba un espejo donde encontrarse con otros y ser comunidad. Hacer patria entre miles, cientos de miles cuyas banderas eran simbólicas, poéticas, códigos que interpretaban sin explicaciones posteriores. Una tribu huérfana, sin el sabio que le hablaba al corazón.
Es una verdad absoluta que “hay que tener coraje de ser uno mismo en un mundo que hace todo lo posible para que seas alguien más.
Se escuchaba el domingo repetir como un mantra sus frases. No eran canciones, eran espejos. “Vivir solo cuesta vida”, “si no hay amor que no haya nada entonces”, “nadie es capaz de matarte mi alma”, “no sirvo ni nunca serví para tristes despedidas”. Cada uno encontraba ahí algo propio.
Temo por el país subterráneo que no encuentre la boca de salida para subir a la superficie. Desguarnecidos de aquel refugio que era la letra de una canción, perdiendo quien les dio sentido, queda la esperanza de que encuentren otro lenguaje que los nombre.
Vuela alto míster
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