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jueves 4 de junio de 2026

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Fingir demencia o enfrentar el dolor

Por Fabiana Cianfanelli

Cuando empecé a escribir esta semana me debatía entre seguir con la tendencia que sostengo desde que inicié, allá por noviembre del 2025, lo que llamo reflexión positiva. La búsqueda de incomodar con reflexiones sobre temas cotidianos y dejar en cada lector un disparador, una semilla que lo impulse a profundizar en sus pensamientos y sentimientos. En definitiva, una herramienta cuya intención sea estimular el espíritu.

Sin embargo, tengo atravesado el día porque una niña ya no está más. Y no puedo anestesiarme, fingir que el mundo sigue girando igual.

Les quiero contar algo. Desde hace muchos años, muchos en serio, mi vida profesional fue atravesada por la agenda de género en políticas públicas. Allá por los 90 participé de los debates por la Ley de cupo femenino, que asignaba el 30% de los cargos legislativos de la Cámara de Diputados y Senadores. Siempre la mirada de mujer en políticas públicas me pareció necesaria y nutritiva.

Estuve en el 2015 en la primera marcha por Ni Una Menos, el movimiento que marcó un antes y un después en la lucha contra la violencia de género en nuestro país. Comenzó como una convocatoria impulsada por periodistas, escritoras y activistas y terminó convirtiéndose en una de las expresiones sociales más masivas de la historia reciente. Fue Chiara de 13 años quien visibilizó con su muerte el horror del femicidio.

¿Qué cambió desde esa fecha? Poco. Cada 31 horas se sigue cometiendo un femicidio en nuestro país. 3205 víctimas letales a 11 años del primer ni una menos. En el 85% de los casos el femicida tenía algún vínculo con la víctima.  El 63% de los casos ocurrieron en la vivienda que las víctimas compartían con el agresor.

¿Por qué se sale a la calle? Se sale con el corazón en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, pero también con el puño cerrado por las que ya no están.

Salimos por vos, por mí, por las que vinieron antes y por las niñas que todavía sueñan con un futuro libre.

Nos dijeron que tuviéramos cuidado. Nos enseñaron a volver temprano, a mandar la ubicación en tiempo real, a fijarnos quién nos sigue por la calle, a no usar ropa “llamativa” y a tener las llaves listas en la mano antes de llegar a casa. Nos hicieron creer que la culpa era nuestra por existir, por salir, por ser mujeres. Nos mintieron.

El miedo no es libertad. Vivir con terror a no volver a casa no es vivir. La violencia nos arrebata proyectos, sueños, infancias y futuros que nunca más vamos a poder recuperar. Nos arrebata amigas, madres, hermanas e hijas. Cada vez que falta una de nosotras, el mundo entero se vuelve un poco más oscuro.

Se escuchan frases como ¡Basta! ¡Harta! No estamos solas. Basta de la falta de responsabilidad de la justicia, de las policías, de los gobiernos.

Una justicia que llega tarde o que mira para otro lado puede ser el cuerpo de una mujer tirado en un basural.

En 3 de cada 4 femicidios con vínculo de pareja existieron episodios previos de violencia. Solo el 9% de las víctimas llegó a hacer una denuncia, el piso más bajo en once años, porque el sistema no las escucha. Una perimetral de papel no detiene a un hombre decidido a matar. Necesitamos fiscales que investiguen, jueces que condenen, policías que protejan y gobiernos que financien refugios, asistencia y prevención. No como gesto electoral. Como política de Estado permanente.

El 3 de junio existe todos los días. Gritemos entonces, mujeres y hombres, Ni Una Menos. No se trata de nosotras y ellos. Se trata de que cerremos una grieta que se traga a una de nosotras y afecta también a los hombres. ¿O acaso Chiara, Micaela, Úrsula, Wanda, Lucía, Agostina y las 3200 mujeres asesinadas no dejaron padres, hijos, hermanos, amigos destrozados? El femicidio lo cometen varones, pero nos rompe a todos.

Avisen cuando llegan. Eso dice una de mis hijas cuando nos despedimos de noche después de una cena. ¿Saben por qué? Porque se crió en un mundo de miedo, de zozobra. Porque a la vuelta de la esquina puede estar el final.

Perdón por no levantar la vara del optimismo, pero son esos días que una escribe con rabia y dolor. Con el corazón roto. Porque Agustina somos todas.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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