Lo Último

Como si fuera la última vez

Por Fabiana Cianfanelli

Hace unos días, y perdón por ser auto referencial, recordaba cuando en 1989 fui a despedir a mi papá a Ezeiza, donde tomaba un vuelo hacia Italia, de los típicos que hacía por cuestiones comerciales. Llovía, bajé del auto en el aeropuerto y le di un abrazo rápido. Volvía a los quince días. Sólo recuerdo que bromeé por su atuendo para la lluvia, parecía un gentleman. No sabía que aquel abrazo iba a ser el último. Perdón nuevamente por este golpe bajo.

Este recuerdo que muchas veces sobrevuela mi espíritu y me llena de nostalgia y tristeza, me hace reflexionar acerca de la importancia de vivir pensando que podría ser la última vez.

Esto no sugiere que vivamos pendientes de la muerte, muy por el contrario. Es una reflexión que invita a la vida. A abrir la puerta a los cinco sentidos. Pocas veces nos detenemos a mirar la vegetación que nos rodea considerando que esa hoja color roja, u ocre es la última que veamos en ese árbol por algunos meses. No digo que entonces nos quedemos contemplándola, haciendo un ritual de la memoria.

Sí considero que suma caminar viendo y mirando. Lo que nos rodea. Lo que está ahí para ser contemplado. Un gatito en el dintel de una ventana, una mariposa que posa sobre una planta, un conjunto de pájaros sobre un cable aéreo o una formación de aves cruzando el cielo, cual escuadra aeronáutica.

Oír y escuchar. No sólo los bocinazos y las frenadas en el tráfico, además los cantos de los pájaros, las risas de los niños en una plaza, los susurros de una pareja en la parada del colectivo. Dicen que lo primero que se borra cuando un familiar querido pasa a otro plano es la voz. Uno se la olvida. Por eso recomiendo grabar a los seres queridos. Debe ser hermoso cuando uno tiene esos días, hacer click al audio de tu mamá o de tu papá, o de un abuelo o hermano. Escucharlos para no olvidarlos.

Tocar y sentir. Permanentemente nos damos la mano, y me alegra cuando alguien destaca la suavidad de la piel del otro. Esa persona logró encender su sentido. Sentir la rugosidad de la mano de mi mamá, es uno de los recuerdos que permanecen inalterados. Tocar a tu mascota y sentir la suavidad de su pelo, su calidez, su temperatura. Tocar la piel de un bebé y sentir una suavidad que nadie puede alcanzar. Sólo los bebés están tocados por la varita mágica de la suavidad.

Olfatear y oler. El café recién hecho, la tostada que está por saltar, la cebolla o la albahaca, olores que me llevan a mi niñez, a la casa de mis abuelos. Pelar cebolla sabemos que puede traer lágrimas. En mi caso apenas toca el aceite de oliva me transporta a la mesa larga con la primada.

Degustar y saborear. Morder un medialuna recién horneada y sentir cómo la manteca se derrite, o tomar el primer sorbo de mate en una mañana fría. Esos sabores que siempre van hacia atrás, hacia la infancia, hacia la mesa familiar. El dulce de leche a cucharadas que robábamos de chicos, pensando que nadie nos veía. La sopa de la abuela que nunca nadie pudo replicar, aunque todos juraron haberle sacado la receta. Hay sabores que son portales, que uno los atraviesa sin darse cuenta, hasta que ya no están.

Pero esta filosofía de la última vez no reserva su magia solo para las cosas bellas. También aplica, y quizás con más misericordia, para el dolor. Para las pérdidas. Para los problemas que hoy parecen eternos.

No sabemos cuándo va a ser la última vez que lloremos por algo. La última noche de insomnio dando vueltas en la cama con ese pensamiento que no da tregua. El último día cargando ese peso en el pecho que hace que hasta respirar cueste. La última discusión con alguien a quien queremos. El último mes en que los números no cierran.

Hay una promesa implícita en todo lo que termina, y es que puede terminar. Que aquel momento difícil que hoy sentimos permanente, también tiene su última vez. Que el duelo, la angustia, la incertidumbre, también se despiden. Muchas veces sin avisar, igual que llegaron.

Así que, si hoy estás en un momento oscuro, existe la posibilidad, y la historia personal de cada uno suele confirmarlo, de que estés más cerca de la última vez de ese dolor de lo que vos creés. Me acuerdo como si fuera hoy el enojo y la ansiedad que me generaba la demora en la construcción de mi casa. “Esto no termina más”, me decía. Hoy miro para atrás y pienso, ¿viste? Eso también terminó.

¿Cómo lo podemos aplicar en la práctica cotidiana? La próxima vez que estés en un embotellamiento en la Panamericana, en lugar de tocar bocina como si eso fuera a mover algo, mirá el cielo. Puede haber una bandada de pájaros haciendo su propia coreografía. La próxima vez que alguien te dé un abrazo, apretá un poco más. Dos segundos más de abrazo no le arruinan la tarde a nadie.

Vivir con los sentidos encendidos no requiere un retiro espiritual en el Himalaya ni leer libros de autoayuda con títulos que incluyen la palabra “despertar”. Simplemente, estar. Aquí. Ahora. Con toda la atención que le daríamos a algo que sabemos que es la última vez.

Como dijo Gandhi: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir para siempre.” Y mientras tanto, tomate un mate.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)

- Publicidad -