Confieso que la primera vez que escuché “six-seven” me quedé escuchando como si hablaran en fenicio. Después me enteré, gracias a un artículo de Clarín, que no hacía falta entenderlo, alcanzaba con diagnosticarlo. La nota bautizó a esa generación “medapaja”, apáticos, desconectados, en default emocional, y a mí, como adulta con acceso a internet y ganas de sentirme superior desde la mañana, me tocó la mezcla de alarma y alivio de saber que el problema es de ellos, no mío.
Ahora, esto de escandalizarse con los pibes no lo inventó Clarín, ni falta que hacía. En 1920 el tango era una amenaza moral que había que combatir desde el sermón dominical; los jóvenes que lo bailaban eran, según correspondiera, degenerados, sifilíticos o directamente candidatos al manicomio. Treinta años después el rock era el fin de la civilización occidental, Elvis movía la cadera y los padres de medio mundo pedían que alguien hiciera algo. Mi propia generación tuvo su ronda de pánico, la tele, los jueguitos, el walkman que nos iba a dejar sordos y solos.
Cada época tiene su Clarín de turno, y cada Clarín necesita una generación que sirva de chivo expiatorio para no preguntarse qué pasó con el mundo que le entregaron.
No habían pasado ni cuarenta y ocho horas cuando me cayó entre manos otra nota, esta con aire de paper universitario, que venía a corregirme el diagnóstico, no, señora, no es apatía, es “infrapolítica”. Los pibes no se fueron de la política, se corrieron al costado del Estado, armaron su propia trama de sentido con la que ni Perón ni Clarín pueden hacer pie.
Una investigación seria, con porcentajes y todo, con citas a Pablo Semán y una crítica fina a la “generación de cristal”. Me quedé más tranquila cinco minutos, hasta que noté que estaba haciendo exactamente lo mismo que la nota que corregía. Nombrarlos. Traducirlos. Explicar qué son, aunque sea con más respeto y menos desprecio. El paper amable y la nota desdeñosa son primos hermanos, ambos necesitan que los jóvenes sean un objeto de estudio antes que un sujeto con vida propia.
Y ahí, en el medio de ese ida y vuelta entre el desprecio y la tesis doctoral, me encontré con la prueba de que ambos bandos se estaban perdiendo la película “farmear aura“. Un sistema, con jueces, con público, con puntos que se ganan y se pierden en tres segundos arriba de un escenario improvisado en una plaza, que los pibes armaron solos, sin pedirle permiso a nadie, ni al Estado ni a la sociología ni al diario de la mañana.
Tienen jerarquía. Tienen códigos. Tienen ambición social, la de toda la vida, la de querer ser mirados y admirados por los propios. Lo único que no tienen son ganas de ser explicados, y la verdad, no los culpo, yo tampoco querría que un sociólogo me interprete mientras trato de ganarme un lugar en el mundo.
Porque de eso se trata, en el fondo, y es lo que ni Clarín ni la universidad quieren nombrar, no es vanidad, es supervivencia. Farmear aura, tener onda, estar en la joda, como se haya llamado en cada época, nunca fue sobre querer brillar. Fue siempre sobre el terror mudo a quedar afuera.
La vergüenza específica, quirúrgica, de no entender el chiste que todos entendieron, de no tener la zapatilla que había que tener, de decir la frase que ya pasó de moda hace dos semanas y que ahora te delata como quien llega tarde a su propia generación. Ese miedo no lo inventaron los pibes de TikTok, lo tuvimos todos, con otro nombre y otro escenario. Yo lo tuve en el conservatorio de danza, cuando aprendí que un giro bien plantado valía más que cualquier boletín escolar, y que quedar afuera del elenco no era una cuestión técnica sino una sentencia social. Lo tuve en el patio del colegio, donde se decidía sin apelación quién se sentaba con quién. La pertenencia a la masa nunca fue un capricho adolescente, es el pegamento que nos mantuvo vivos como especie, y nadie sale ileso del miedo a que ese pegamento no alcance.
Después, adulta, seguí farmeando aura con otro vocabulario y menos WiFi, con una columna, con una ironía bien tirada en el momento justo, con la seguridad de saber que el timing de un chiste también es una forma de puntaje social que se cobra en algo parecido al respeto. Nada nuevo bajo el sol, salvo el nombre.
Ellos le dicen “aura” y organizan el torneo en la plaza, con reglas explícitas y jueces que levantan la mano; nosotros le decíamos “tener onda” y armábamos el mismo torneo en el patio del colegio, con jueces igual de arbitrarios, pero menos honestos sobre su propia arbitrariedad, los que se reían fuerte, los que te invitaban al cumpleaños, los que decidían, sin saberlo, cuánto valías esa semana.
Lo que cambia, entonces, no es la generación. Es la ansiedad nuestra, la adulta, la mía, la de todas las generaciones que nos precedieron y escribieron sobre lo mal que estaban los jóvenes de su época, de necesitar ponerle un nombre a lo que no controlamos. Clarín les pone un nombre despectivo. La universidad les pone un nombre académico.
Mientras tanto ellos, ajenos por completo a nuestra necesidad de auditarlos, siguen ahí, en la plaza, farmeando aura, ganando y perdiendo puntos, viviendo su propio juego sin esperar que nosotros entendamos las reglas ni, mucho menos, que las aprobemos. Y por debajo de esas reglas, sosteniendo todo el edificio, el mismo miedo de siempre, que si te quedás afuera del código, te quedás afuera de todo.
Total, siempre fue así. Antes nomás no le poníamos hashtag, ni excusa académica, le poníamos directamente un sermón, y a otra cosa.
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