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El efecto María: Por qué el chisme con el carnicero es el nuevo mindfulness

Por Fabiana Cianfanelli

Mi abuela María —quien alcanzó el estrellato literario como personaje en el libro Melu parcelas de maternidad— vivió casi un siglo. No, no fue por la dieta mediterránea ni por dormir ocho horas; fue por su obstinación en “ocuparse”. De grande, su agenda era más intensa que la de un influencer en plena crisis de cancelaciones: ir al correo, comprar un kilo de manzanas o jugarle a la quiniela. Sí, señores, en esa época en la que para perder plata necesitabas caminar tres cuadras y mirar a un ser humano a los ojos, no como ahora, que podés arruinarte financieramente desde el baño y en pijama.

Cuando le preguntábamos por qué salía todos los días con ese celo militar, ella soltaba su frase de cabecera: “Son mis pequeños proyectos; la razón para levantarme cada mañana”.

Lo que María estaba haciendo, mientras le comentaba al carnicero que la carne estaba más cara que el oro o saludaba al encargado del edificio, era cultivar “lazos débiles”. Esos vínculos sin profundidad emocional ni compromiso de asado dominical que, milagrosamente, sostienen nuestra salud mental mucho mejor que cualquier curso de mindfulness online.

Mi abuela no iba al correo a despachar cartas, iba a confirmar que el mundo seguía girando y que ella era parte del engranaje.

El sociólogo Ray Oldenburg bautizó como “tercer lugar” a esos espacios que no son ni tu casa (donde las cuentas te miran con odio) ni tu trabajo (donde tu jefe te mira con ganas de que seas un algoritmo). Son los bares de barrio, las plazas o el almacén. Allí ocurren los “micro vínculos” que describen los psicoanalistas Ornella Benedetti y Santiago Silberman (Redpsi). Son encuentros breves, sin intimidad, pero con una función vital: el reconocimiento. Es ese “¿Lo de siempre?” del mozo que te confirma que, efectivamente, existís en el plano físico y no sos solo un avatar que genera engagement.

Incluso la ciencia decidió meterse donde nadie la llamó. Los psicólogos Nicholas Epley y Juliana Schroeder demostraron en el Journal of Experimental Psychology que hablar con desconocidos en el tren te hace más feliz que ignorarlos. Sí, aunque nos dé un micro infarto de ansiedad social cada vez que alguien nos pregunta la hora, nuestro cerebro está cableado para el chisme vecinal y la validación ajena.

Un estudio de Sandstrom y Dunn (2014) confirmó que quienes interactúan con más “lazos débiles” son más felices. Básicamente, ser el “pesado” que saluda a todos en el barrio es una estrategia de supervivencia superior a la de ser un ermitaño con 5G.

Hoy vivimos en la era de la “eficiencia desalmada”. Pedís comida por app para no hablar, pagás en cajas de autoservicio para no mirar y te subís a un Uber en “modo silencio” porque, claramente, preguntar cómo está el tráfico es demasiado esfuerzo cognitivo. Estamos diseñando un mundo donde podés pasar 24 horas resolviendo tareas sin que un solo humano verifique que seguís respirando.

Nadie se muere por usar la caja automática una vez, pero la desaparición de estas micro interacciones nos está dejando el alma desnutrida. El mundo se vuelve un lugar terriblemente eficiente, pero más frío que un freezer en invierno y más vacío que la promesa de un político en campaña.

Tal vez el desafío no sea tirar el smartphone al río (aunque a veces den ganas), sino decidir qué espacios de humanidad no estamos dispuestos a sacrificar en el altar de la comodidad. El dolor de perder a un gran amor es una tragedia griega, pero la desaparición de los pequeños vínculos es una comedia silenciosa y triste.

Si queremos llegar al siglo como María, el primer paso no es comprarse un smartwatch nuevo que te avise cuándo respirar, sino bajar a la calle, mirar al kiosquero y recordarle que ambos son de carne y hueso. Porque cuando se apagan las luces de estos encuentros mínimos, el mundo se vuelve un lugar muy cómodo, pero absolutamente inhumano.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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