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domingo 31 de mayo de 2026

Lo Último

El salto necesario

Por Fabiana Cianfanelli

Contarles mi camino no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una invitación a mirar esas puertas que a veces dejamos entornadas por miedo o por exceso de “seriedad”. Las oportunidades más valiosas de la vida no siempre llegan con un sello oficial; a veces, son susurros que nos despiertan de madrugada exigiendo ser escuchados. Hoy sé que el verdadero riesgo de un proyecto nuevo no es el salto al vacío, sino quedarnos en la orilla viendo cómo nuestra esencia se diluye en lo seguro. Hay que animarse a reclamar ese espacio que nos pertenece, porque cuando uno le da permiso a su propia voz, el mundo se expande y las heridas, por fin, encuentran su lugar para descansar.

Soy Fabiana Cianfanelli, y si me leen cada jueves, quizás solo me conozcan por el trazo de esta columna. Hoy quiero confesarles algo: soy una bicéfala profesional. Durante más de 30 años, mi vida fue el Estado, el análisis y el asesoramiento. Fui la politóloga, la que vivía entre informes técnicos y el “menú del día” de la política nacional. En resumen, dediqué mi vida a la seriedad… o eso creía.

Ustedes dirán: “¿Y con esto qué, Fabiana? ¿Un currículum de alto impacto?” ¡No! Esto es solo la excusa para contarles que, aunque las letras no fueron mi punto de partida oficial, siempre estuvieron ahí, haciendo ruido en la trastienda. Colaboré en libros académicos y me batí a duelo con el abecedario en informes nacionales e internacionales. Digamos que no me llevaba mal con las palabras, pero las trataba con excesivo respeto, con esa distancia técnica que exige la cosa pública.

Desde niña escribí cartas. Sí, lo sé, se me acaba de caer el DNI en el teclado (¡socorro, tecnología!). Pero esas cartas eran mi vehículo más honesto. Era el único modo de acortar la distancia, de hacer llegar mi corazón a la otra orilla sin que se mojara. Con suerte, llegó la tecnología, y de las cartas pasé a los e-mails y el WhatsApp, aunque las de papel nunca las abandoné. Cualquier cumpleaños era la excusa perfecta para, en unas líneas, evitar que mis sentimientos explotaran por falta de espacio. Era una urgencia.

Ahora, este jueves, aquella catarsis de letras se hace oficial: presento mi primera novela, Melú, parcelas de maternidad. Siento vértigo de solo escribir el nombre.

¿Nací con el deseo de ser escritora? En mi interior, lo sabía. Era como un pecado original que tarde o temprano iba a cometer. Abandonaba la idea, consciente de que estaba ultrajando mi verdadera naturaleza y que, en algún momento, tendría que sentar cabeza y escribir libros. Hace un par de años, una idea me latía, me daba vueltas, y a veces me despertaba con párrafos ya escritos. A quienes se lo contaba, me decían: “Una historia merece ser contada, porque siempre hay alguien del otro lado dispuesto a escucharla”. Y tenían razón.

Escribir fue mi manera de dilatar el espacio de la vida. Escribí porque sentí un vacío que solo las palabras podían llenar. Fue un acto absolutamente egoísta, y quiero subrayar esto. No narcisista (¡ya bastante tengo con mi DNI en el suelo!), sino egoísta en el mejor sentido: respondía a una necesidad puramente mía, una sed insaciable de volcar en cada página una historia, un legado. Narrar un hecho histórico y, de paso, rellenarlo con mis propias emociones, como quien pone emoticones donde antes solo había datos fríos.

Sin embargo, escribir una novela es mucho más que volcar el corazón. Es una batalla diaria contra el silencio y, sobre todo, contra la palabra impostora. Hay días en que la idea es clara, pero la frase se niega a salir redonda. Uno se pregunta: ¿Es este el adjetivo correcto, o debo buscar una metáfora que duela (o que alegre) de verdad? En esos momentos de duda existencial, uno agradece profundamente a las almas guardianas del proceso: los correctores y editores. Ellos son los faros, los guías que te salvan del error gramatical y, más importante, de la frase torpe. Ellos son la red que evita que esa palabra tan preciada se caiga al vacío.

Entendí que, si bien el impulso fue egoísta (escribir para mí), la obra nunca es solitaria. Es un trabajo de orquesta donde cada instrumento debe sonar afinado. Y si hoy presento “Melú”, es también gracias a esa complicidad de quienes me ayudaron a desbrozar el camino para que las emociones, esas que me latían desde hace algunos años, llegaran limpias y claras a la otra orilla. En esta obra, hay un universo de personajes. Unos que danzan en mi mente, me hablan y me despiertan a mitad de la noche. Estoy habitando en cada uno de ellos, caminando en sus paisajes, discutiendo sus dramas.

La verdad sea dicha: escribir fue mi acción terapéutica favorita. Mientras las páginas se sumaban, mis heridas iban sanando, se cicatrizaban solitas. Mis dolores y mis ausencias encontraron en la palabra la pócima mágica que las reconvertía en torrentes de energía vital. La palabra fue el bálsamo. Y, al final del camino, fue la forma más correcta y honesta de conservar la memoria. ¡Nos vemos en la presentación!

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Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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