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Enero, el oasis de lo permanente

Por Fabiana Cianfanelli

Para mí —no sé si para ustedes también—, enero es uno de los meses que más disfruto. Saber que llega me trae sosiego. Es el mes donde el asfalto caliente parece retener el silencio de los que se fueron y el sonido de la chicharra se vuelve el único metrónomo de la tarde. Se frena de golpe la locura de diciembre y se terminan los apuros. Esa típica frase de fin de año, “hablemos después de las fiestas”, por fin se concreta, aunque a veces la conversación siga igual. ¿O algo cambió?

En las grandes ciudades, enero tiene un silencio particular. No es un silencio vacío, sino un espacio. Es como el margen de la hoja: ese lugar en blanco donde finalmente podemos escribir algo propio, fuera del renglón, lejos de las obligaciones que dictan los meses de “productividad”. Dejar diciembre es abandonar el recuento y ese scroll infinito que ordena el año en escenas sueltas, para empezar a habitar el presente de césped cortado y persianas bajas.

Lo importante es que el 6 llegan los Reyes Magos y, con ellos, la ilusión de lo que está por venir. En este mundo de la inmediatez, de Amazon y del delivery que llega en quince minutos, los Reyes sobreviven como los últimos arquitectos de la espera. Desde niños, ese día nos enseña que lo valioso requiere un ritual: el cuidado de los camellos no sea cosa que se queden sin comer o sin beber. Después vendrán las preguntas existenciales de la infancia: ¿cómo comieron en platos tan minúsculos? O, si son mágicos, ¿por qué no abren una canilla? Luego, el despliegue logístico de los adultos para dejar los zapatos en un lugar a salvo de las mascotas, evitando que el perro se lleve una pantufla y nos deje sin regalo. Es un ejercicio de paciencia que hoy, como adultos, nos hace más falta que nunca. Mantener la ilusión es resistirse a la tiranía del like instantáneo.

La mañana del 6 es única; es la culminación de una vigilia que a veces nos quita el sueño. ¿Cuál será la sorpresa? ¿Lo que esperábamos o una bolsita con una bombacha nueva? No crean que no sucede; es más usual de lo que se piensa. Pero los Reyes, así como traen bicicletas, traen mínimos objetos. No importa el qué, importa quiénes. Los Reyes, no me pregunten por qué, tienen menos spoilers que Papá Noel.

Es un día de renovación donde conviven la nostalgia, la remembranza y la magia. Es perfecto porque es sencillo: no hay que ponerse de acuerdo en quién lleva el vitel toné o el pan dulce. Es un oasis de permanencia en esta época fragmentaria, volátil y acelerada. Con los Reyes llega también la paz necesaria para aceptar que no tenemos todo el año planificado. No compremos esa idea de que enero debe ser, obligatoriamente, un “borrón y cuenta nueva”. Quizás debamos imitarlos a ellos y dedicarnos a agradecer, regalándonos piedad para con nosotros mismos. Si no tenemos todo bajo control, si hay rendijas donde se cuela la incertidumbre, no nos castiguemos.

Al contrario, debemos abrazar ese vacío, entendiendo que no saber también es parte del camino. En el recorrido aparecen dudas y búsquedas que no siempre encajan en el plan inicial. Qué importante es agradecer las lecciones y enfocarnos en el crecimiento personal. Un nuevo comienzo no es solo un evento del 1 de enero; es un proceso continuo.

La vida comienza tantas veces: cuando soltamos una exigencia, cuando cambiamos la mirada o cuando dejamos de medirnos solo por lo que no fue. Puede ser en marzo o en julio; un domingo o un lunes. No midamos nuestro valor en función de objetivos no alcanzados, como si la vida tuviera un plazo fijo de 365 días para cumplirse.

Enero es el mes para abrazar las emociones que sientan, sin presiones. Bajemos un cambio y agradezcamos que en este lado del mundo no tenemos el Blue Monday. Ese tercer lunes de enero, que el hemisferio norte bautizó como el día más triste del año —basándose en cálculos científicos sobre el frío, las deudas y la falta de sol—, nos queda a miles de kilómetros.

Acá, a lo sumo, nuestro único “lunes azul” es el que pasamos intentando descifrar cómo se arma la pelopincho o el que sufrimos cuando nos damos cuenta de que nos quedamos sin hielo para el tereré. Yo soy del team anti-Blue Monday por naturaleza: prefiero mil veces lidiar con el calor y una bombacha de regalo de los Reyes, que con una fórmula matemática que me diga cuándo tengo que estar triste.

Al final, si el año es un libro, enero es ese margen blanco donde todavía no pasó nada malo. Así que, protector solar en mano y piedad en el alma: ¡feliz domingo del año para todos! ¿Y vos, de qué team sos?

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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