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Época de poda existencial

Por Fabiana Cianfanelli

Llega una edad en la que uno mira un estante lleno de figuritas de cerámica que no le gustan y una agenda llena de cenas a las que no quiere ir, y se hace la gran pregunta: ¿Cómo llegué hasta aquí? A los 40 y tantos, el minimalismo deja de ser una tendencia estética de revistas de decoración para convertirse en una estrategia de supervivencia. No se trata solo de tirar ese pantalón de la universidad que “algún día te volverá a quedar” (spoiler: si te queda, será de otra época); sino de limpiar el ruido, tanto el que ocupa metros cuadrados como el que ocupa espacio mental.

Solemos asociar el minimalismo con salones blancos y una sola planta zen. Pero el minimalismo emocional es mucho más urgente. Como bien señala Joshua Becker “el minimalismo es la promoción intencionada de las cosas que más valoramos y la eliminación de todo lo que nos distrae de ellas”.

Traducido al idioma de los que ya peinamos alguna cana: si ese florero que te regaló tu suegra te genera estrés cada vez que lo limpiás, el jarrón se tiene que ir. Y si esa reunión de exalumnos del colegio te genera ansiedad tres días antes, la reunión también se tiene que ir.

Aquí es donde entra el gran desafío: los límites familiares. Porque es muy fácil decirle que no a un vendedor telefónico, pero es nivel “experto” decirle que no a una tía que espera que organices la comida de Navidad por décimo año consecutivo. A menudo, hay seres en nuestras vidas (esos pilares familiares que todos tenemos) que esperan que estemos disponibles 24/7. Sin embargo, establecer límites no es un acto de guerra, es un acto de preservación. El psicólogo Marshall Rosenberg, creador de la Comunicación no violenta, explicaba que un “no” a otra persona es, en realidad, un “sí” a una necesidad propia que no está siendo atendida.

Regla de oro: si decís “sí” por compromiso y terminás el evento con dolor de cabeza y resentimiento, no estás siendo generoso, estás siendo un mártir. Y los mártires son pésima compañía.

La prueba de la alegría (versión real): No te preguntes si el objeto “te da felicidad”. Preguntate: “Si esto se rompiera hoy, ¿me sentiría aliviado por no tener que limpiarlo más?”. Si la respuesta es sí, al contenedor de reciclaje.

La técnica del “no sándwich”: Para esos compromisos familiares que te drenan, usá la estructura: agradecimiento + negativa + alternativa. “Me encanta que me hayas tenido en cuenta para la cena (pan), pero este sábado no voy a poder ir (relleno). ¿Qué tal si nos vemos el martes para un café rápido? (pan)”.

Pensá en los más jóvenes de la familia. Al poner límites, les estás enseñando que el autocuidado es un valor, no un egoísmo. Les heredas una agenda más limpia y un abuelo o padre menos estresado.

Seamos honestos, todos tenemos esa silla en el dormitorio que ya no es un mueble, es un ecosistema de ropa que “usamos una vez y no está sucia, pero tampoco limpia”. O esa caja de cables de dispositivos que ya ni existen (¿alguien ha visto un cargador de Nokia 1100 recientemente?). Nos aferramos a los objetos y a los compromisos bajo el lema del “por si acaso”.

Por si acaso me invitan a una fiesta (a la que odiaría ir). Por si acaso me sirve este manual de instrucciones de una licuadora que explotó en 2012. El problema es que ese “por si acaso” pesa. Pesa en las estanterías y pesa en el alma. La ciencia del bienestar nos dice que el exceso visual eleva el cortisol —la hormona del estrés—. Así que, técnicamente, tirar ese juego de café cascado que te regalaron hace una década no es ser desagradecido, es medicina preventiva.

Limpiar el entorno de objetos inútiles nos da espacio para respirar; limpiar la agenda de compromisos vacíos nos da tiempo para vivir. Al final del día, nadie en su lecho de muerte dijo: “Ojalá hubiera ido a más reuniones de consorcio” o “Menos mal que guardé todos esos tápers sin tapa”.

La madurez es entender que nuestro espacio y nuestro tiempo son sagrados. Y que un “lo siento, no puedo” dicho con una sonrisa es la herramienta de bienestar más potente que existe.

A esta edad, “menos es más” deja de ser una frase de arquitecto minimalista para convertirse en una verdad universal. Menos platos que lavar es más tiempo para leer. Menos gente tóxica en el chat de WhatsApp es más batería emocional para disfrutar de un ser querido. Incluso el gran Séneca, que ya sabía de esto hace un par de milenios, decía que “pobre no es el que tiene poco, sino el que desea más”. Si aplicamos esto a nuestra agenda, descubriremos que el vacío no es algo que deba darnos miedo, sino un espacio de lujo. Un sábado por la tarde sin planes, sin compromisos familiares ineludibles y sin objetos que sacudir, es lo más parecido al nirvana que vamos a encontrar en este lado del siglo. Al final, la elegancia de la madurez consiste en saber qué equipaje dejar en la estación para poder seguir caminando sin que nos crujan las rodillas (ni el espíritu).

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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