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La paradoja de la cronodivergencia

Por Fabiana Cianfanelli

Antes que nada, no googleen el concepto de cronodivergencia, porque es mi invento. No lo encontrarán en un diccionario de medicina ni en un paper académico tradicional (todavía), pero se construye sobre bases lógicas, crono (tiempo), del griego khronos y divergencia, el proceso por el cual las cosas se separan o toman direcciones distintas.

En la arquitectura social contemporánea, ha surgido una figura que desafía las leyes de la física emocional: el “adulto sándwich” o también llamado “lasaña” (depende de los gustos de cada uno). La metáfora es precisa: las capas de responsabilidad son infinitas, queman y, si no se gestionan bien, desbordan cualquier molde. Este individuo opera como mediador entre dos temporalidades biológicas y generacionales opuestas, un fenómeno que defino como cronodivergencia.

Cuidar simultáneamente de los hijos y de la senectud de los padres es intentar sincronizar dos relojes que giran en direcciones contrarias. Y aquí hay un error común: se cree que este estrés es exclusivo de quien cría niños pequeños. La realidad es que el rol de hijo no prescribe y la demanda de los hijos no tiene fecha de vencimiento. Ya sea un niño de cinco años que no encuentra un juguete o un hijo adulto lidiando con sus propias crisis, el padre/madre sigue siendo el puerto de llegada, el gestor de crisis y el soporte emocional incondicional.

Mientras los hijos —tengan la edad que tengan— representan la proyección y la demanda de futuro, la vejez de nuestros padres representa la pausa, el rito y la memoria. El cuidador sufre un “latigazo cervical existencial” al pasar, sin escalas, de sostener la vida de quien está en pleno desarrollo a gestionar la fragilidad de quien le dio la vida.

Sociológicamente, este escenario es un estrés de red, pero humanamente es un acto de amor radical. No cuidamos a nuestros padres por inercia logística; lo hacemos porque en cada trámite médico, en cada tarde de escucha paciente y en cada ayuda para usar una pantalla táctil, hay un intento de devolver una pizca de la gratitud que les debemos. Cuidar es, en esencia, honrar nuestra propia historia.

Sin embargo, ese amor a veces choca con la realidad: el cuidador se convierte en un traductor universal entre la emergencia de los hijos y la desaceleración de los padres. El humor aquí es el único lubricante que evita que el sistema eche chispas cuando descubrimos que estamos usando el mismo tono de voz protector para hablar con un hijo que con un padre.

En Argentina, las cifras del INDEC son contundentes: el cuidado no remunerado representa el 15,9% del PBI. Quienes cuidan dedican, en promedio, más de 6 horas diarias a estas tareas. Ante esta escasez de tiempo, surgen herramientas como Cuidar a Nuestros Padres (www.cuidaranuestrospadres.com).

Si entendemos el cuidado como un “estrés de red”, la respuesta lógica no es “esforzarse más”, sino expandir la red. Esta plataforma actúa como un multiplicador de recursos para que esa energía que hoy se gasta en descifrar trámites de obras sociales o buscar cuidadores confiables, pueda ser reinvertida en lo que realmente importa: el tiempo de calidad con quienes amamos. Cuidar a Nuestros Padres permite que la “lasaña” no se aplaste, transformando la carga individual en una inteligencia colectiva que ofrece contención y logística verificada.

Finalmente, debemos permitirnos habitar la desorientación. Nadie nos entrena para el extraño duelo que implica convertirnos en los “padres de nuestros padres”. Es un territorio marcado por la ignorancia y el ensayo y error; nos sentimos impostores cuando tenemos que tomar decisiones por ellos, poner límites o gestionar su fragilidad. Esa resistencia que sentimos no es falta de capacidad, sino el peso de un orden natural que se invierte y nos deja huérfanos de guía.

Entender la cronodivergencia nos permite dejar de culparnos por no saber siempre qué hacer. Somos nodos de resistencia intentando evitar que el pasado y el futuro choquen en el pasillo de casa. Aceptar ayuda no es una grieta en nuestra fortaleza, sino la única forma de transitar este cambio de roles con dignidad. Al final del día, el puente se sostiene no solo con logística, sino con la humildad de admitir que, en este viaje de ida y vuelta, todos estamos aprendiendo a cuidarnos de nuevo.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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