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Los nuevos coleccionistas

Por Fabiana Cianfanelli

Tengo una confesión que hacerme (y de paso, a ustedes), soy una acumuladora serial. No de diarios viejos ni de latas vacías, sino de posibilidades digitales. Mi archivo de “Guardados” en Instagram es un mausoleo de intenciones nobles que jamás verán la luz del sol. Ahí conviven una receta de polpette de berenjenas orgánicas que requiere tres horas de deshidratación manual, y el video de un hotel boutique en una ladera recóndita de Noruega donde el desayuno se sirve frente a una aurora boreal. Mientras tanto, en mi realidad analógica de jueves por la tarde, estoy recalentando un café que ya se olvidó de su aroma y decidiendo si la cena será un un arroz con lo-que-haya.

Apretamos el iconito de la “banderita” con un fervor casi religioso, como si ese clic fuera un contrato de alquiler con una vida mejor. Guardar una receta de una tarta de espárragos trenzada a mano nos da la dosis de dopamina de la “alimentación saludable” sin necesidad de lavar un solo plato. Es el placer de la intención. En ese segundo, entre el scroll y el clic, somos esa mujer espléndida que cocina para diez amigos entre risas y copas de cristal. Luego, cerramos la aplicación y volvemos a la heladera, que nos devuelve una mirada vacía de yogurt vencido.

Lo mismo nos pasa con los viajes. Tenemos carpetas llenas de atardeceres en la Toscana o playas de arena blanca en el Sudeste Asiático. Es un turismo de sillón que nos permite viajar sin el estrés de armar la valija ni el impacto en el home banking. Guardamos el lugar para poseerlo de alguna manera, para decirnos que el mundo es ancho y ajeno, pero que “algún día” —ese tiempo mítico donde siempre habrá presupuesto y energía— estaremos ahí.

Sin embargo, hay algo más filoso en este coleccionismo de ilusiones. Guardar no es solo un acto de optimismo digital; es nuestra forma moderna de negociar con la finitud. Al archivar cien destinos remotos y mil recetas, nos construimos una prórroga psicológica: nos convencemos de que somos dueños de un tiempo infinito para habitarlos a todos. Es la resistencia definitiva al presente. Es el refugio de una generación que, entre el cuidado de los padres y la independencia de los hijos, busca en una carpeta de Instagram el pasaporte a una identidad que no esté mediada por las obligaciones.

Mi sección de mi WhatsApp alternativo (no me digan que no tienen su otro yo para guardar, agendar y archivar podcast o videos de YouTube) es, básicamente, el currículum de una mujer que no conozco pero que me cae fenomenal. Es una tipa que se levanta a las seis de la mañana para hacer yoga facial, organiza su alacena por colores y sabe exactamente qué hacer con una semilla de chía. El otro día guardé un tutorial de una chica que explicaba cómo doblar las sábanas ajustables para que queden como un origami perfecto. ¡Sábanas ajustables! Yo, que tengo ganas de hacer un bollo y meterlas en el estante con la esperanza de que la gravedad haga su trabajo, sentí que ese video era mi pasaporte a la adultez funcional. Es una especie de “mentira piadosa” que me cuento a mí misma: no soy un caos, soy una mujer con proyectos de doblado textil en pausa.

Mi carpeta de “Viajes” es un despliegue de logística europea que ya quisiera cualquier agencia de turismo de alta gama. Tengo guardado un hotel “escondido” en Trastévere, y una campiña en la Provenza francesa que parece pintada por Monet, con sus campos de lavanda y su luz de atardecer perpetuo. Guardar esos destinos es mi manera de decir: “No voy a ir este verano, pero si por un milagro del destino el euro bajara a la mitad y mis rodillas decidieran que subir 400 escalones en una torre medieval es una buena idea, ya tengo el itinerario cerrado”. Es una organización impecable para una vida que, por ahora, transcurre entre el asfalto bonaerense y mi capacidad de soñar en euros mientras gano en pesos.

En el fondo, mi compulsión es una respuesta desesperada a lo que Barry Schwartz llama “la paradoja de la elección”. Vivimos en una era donde la libertad se confunde con la acumulación de opciones, pero la realidad es que tener 500 recetas de pasta guardadas no me hace una experta en cocina italiana; me hace una rehén de la indecisión. Schwartz explica que, ante semejante sobreoferta, el cerebro se rinde, termina por paralizarnos. Por eso, ante el catálogo infinito de mi Instagram, mi voluntad se agota y termino pidiendo las mismas empanadas de siempre en el local de la vuelta.

El “Guardado” se convierte entonces en un refugio de potencia pura: mientras la receta esté ahí, sin cocinar, sigue siendo perfecta, una promesa intacta. En el momento en que decido ejecutarla, me arriesgo al error.

Quizás el verdadero minimalismo emocional empiece por el coraje de vaciar la papelera de reciclaje de nuestras expectativas. Es dejar de ser rehenes de una “Fabiana potencial” que solo existe en el algoritmo para empezar a habitar a la Fabiana real. Esa que, a pesar de los baches de la gestión municipal o del vértigo de publicar una novela, prefiere el aroma de un café humeante hoy, que la foto perfecta de un banquete que nunca va a suceder. Al final, la vida no se archiva; se gasta.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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