Una mañana de yoga, canto y encuentro reunió a cerca de 40 personas en el barrio Tipas. La actividad, abierta a toda la comunidad, combinó una práctica guiada, un cierre con canto de mantras y una acción solidaria a beneficio de la Fundación Nordelta.
Hay algo que pasa cuando una clase termina y nadie tiene apuro por levantarse. El cuerpo todavía está quieto después del savasana. La respiración se acomoda. El silencio empieza a cambiar. Y entonces aparece una voz, después otra, y de a poco un grupo entero comienza a cantar.

Eso sucedió el domingo 30 de agosto en el club house del barrio Tipas. Durante una hora y media, cerca de 40 personas compartieron una práctica de yoga guiada por Ceci Labate, profesora de yoga, coach e instructora en mindfulness.
Después llegó el kirtan, un canto colectivo de mantras, de la mano de Maha Sundari y Maha Yogesvara, y la mañana tomó otro ritmo: el de las voces que se encuentran.
Pero la historia de esta experiencia había empezado antes. “La jornada de Yoga Solidario nació por una idea que fuimos moldeando con Ceci, la hacedora de este espacio”, cuenta Maru Fernández, representante de Fundación Nordelta en el barrio Tipas. Cuando la iniciativa llegó a la Fundación, la respuesta fue inmediata.
La idea era sencilla: encontrarse a través del yoga y convertir ese encuentro en una oportunidad concreta para dar. Quienes participaron llevaron paquetes de harina, botellas de aceite y ovillos de lana, que fueron recibidos por Fundación Nordelta para sus proyectos solidarios.
Para Ceci Labate, ese gesto fue parte de algo más profundo que una colecta: “Siempre me gustó conectar con la idea de que el yoga no termine cuando bajamos del mat. Porque algo de lo que se mueve adentro nuestro mientras hacemos la práctica también puede convertirse en un gesto hacia afuera”, asegura.
Y algo de eso se hizo visible durante la mañana. Personas que no se conocían compartieron una misma respiración, atravesaron juntas una práctica y terminaron cantando mantras, muchas por primera vez.

“Para mí siempre es una gran satisfacción unir mi voz a la de otras personas, y más aún cuando nos reúne un propósito solidario. Me sentí muy integrada a la práctica y fue hermoso ver cómo, aun sin conocer los mantras, tantas personas se abrieron a cantar y a compartir sus voces”, cuenta Maha Sundari.
Quizás ahí estuvo una de las particularidades de la experiencia: nadie necesitaba saber cantar. Tampoco hacía falta experiencia previa en yoga. Solo había que llegar, estar dispuesto a probar y compartir.
Maru lo resume desde otro lugar: “Ser parte de contribuir como puente entre quienes tienen la necesidad de dar algo material a un otro que lo recibe y necesita, es un privilegio”.
Y agrega: “Se generó una energía indescriptible, que estoy segura es parte de un círculo de amor y gratitud muy concreto”.
La propuesta de Yoga Solidario fue el segundo encuentro de este tipo impulsado por Ceci Labate durante este año, y la intención es seguir generando nuevas oportunidades para compartir yoga y solidaridad.

La mañana terminó, pero la actividad dejó una sensación difícil de medir. Porque hubo una clase de yoga, hubo música, hubo mantras y hubo donaciones. Pero, sobre todo, hubo algo menos tangible: la experiencia de comprobar que el bienestar también puede ser colectivo.
Que a veces frenar no significa aislarse del mundo, sino todo lo contrario. Y que tal vez una práctica empieza en el propio cuerpo, pero no necesariamente termina ahí. Puede seguir en una voz que se suma a otra. En una bolsa que alguien lleva para otro. En un ovillo de lana. En un gesto. Más allá del mat.










