Tenía pensado escribir sobre otros temas —vínculos, el concepto del monogamish, las nuevas formas del querer—, pero la realidad, con su prepotencia habitual, me obligó a cambiar de rumbo. La semana pasada, un episodio dramático en una escuela de Santa Fe nos interpeló a todos: la muerte de un niño por un disparo de otro niño.
No pretendo ingresar en detalles escabrosos ni hurgar en la herida de un hecho tan doloroso. Me empuja, en cambio, lo que vino después: esa marea de dedos acusatorios buscando culpables únicos. Ausencia del Estado, falta de límites familiares, fallas en la psiquiatría o carencia de pedagogía. Cada uno, con su verdad parcial, intentó simplificar lo inexplicable.
Quizás por deformación profesional —mi mirada de politóloga me persigue—, me he acostumbrado a buscar la multicausalidad detrás de cada acción pública. Parto de una premisa: toda presunción parcial es falaz. Lo que asusta de este caso es, justamente, su complejidad. Es más cómodo sobresimplificar y culpar al bullying, a los videojuegos o a una “familia rota”, que aceptar que estamos ante un bosque incendiado.
Lo que realmente estremece es que el hecho ocurra en un ámbito que todavía creemos “sagrado”. La escuela es el refugio donde dejamos a nuestros hijos bajo el supuesto de que allí están a resguardo, incluso más que en sus propias casas. De golpe, lo sagrado se evapora. La escuela deja de ser el refugio civilizatorio para convertirse, a los ojos de la tragedia, en un callejón oscuro. Se vulnera no solo la vida de la víctima y del victimario, sino la de toda una comunidad que se queda sin respuestas.
Pero la escuela no es el único santuario profanado. Venimos asistiendo, con una naturalización que espanta, a la vulneración sistemática de otros espacios que creíamos sagrados. Lo vemos cuando la violencia estalla en el corazón de la familia bajo la forma del femicidio, transformando el hogar, ese primer mapa de afectos, en el escenario del horror. Lo vemos a escala global, donde el refugio de una casa o un hospital se desintegra bajo el peso de una bomba. Al final del día, el patrón es el mismo, la ruptura de la promesa de cuidado. Cuando la violencia se filtra en lo íntimo y en lo institucional, lo que se rompe es el contrato básico de la existencia; esa convicción de que hay lugares donde la vida está protegida del afuera
Escuché pedir, con tono de urgencia, mayor presencia de psiquiatras en la localidad. Me resultó novedoso: por primera vez, el reclamo de “seguridad” no pedía patrulleros, sino diagnósticos. Pero cuidado. La violencia no siempre es enfermedad mental ni viceversa. Corremos el riesgo de aplicar “octógonos de exceso” a los seres humanos, como si un adolescente fuera un paquete de fideos al que se le puede pegar una etiqueta de “brotado” para aliviar nuestra conciencia. Etiquetar es, muchas veces, una forma de dejar de mirar.
Los seres humanos caminamos con un maletín de herramientas conceptuales que intentamos forzar para que la realidad encaje en ellas. Sin embargo, no deberíamos ajustar el territorio al mapa. Hoy no tengo respuestas, pero sí una necesidad urgente de cuestionar el mundo que estamos diseñando. Un mundo hostil, de mensajes de odio permanentes, donde la empatía y la presencia amorosa parecen haber quedado en un rincón del pasado.
Estos casos confirman una profunda crisis de confianza y de pertenencia. Como afirma Gala Díaz Langou, estamos perdiendo la conexión no solo entre nosotros, sino con las instituciones que creamos. El sentido de pertenencia es, en última instancia, una estrategia de supervivencia. Da miedo descubrir lo solos que estamos. Si, como dice Francisco, “nadie se salva solo”, nuestra tarea urgente es reconstruir la confianza en contextos hostiles.
Me quedo con la crudeza de una adolescente entrevistada tras el hecho: “No es que hay más violencia en el aula. Hay más violencia en la sociedad, y los adolescentes no escapamos de eso. Pasa en todo el mundo, ¿por qué no iba a pasar acá?”. Su lógica es impecable y aterradora: la escuela no es una isla, es el espejo. Y lo que nos devuelve el espejo, hoy, está en mil pedazos.
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