Hay preguntas que parecen una disyuntiva, pero esconden una trampa. ¿El amor se siente o se decide? La pregunta asume que son caminos distintos. La respuesta más honesta que encontré es que empieza sintiéndose y después hay que decidirlo. O al revés, uno se comporta como si amara, y el sentimiento vuelve. Lo que el cine casi nunca muestra es ese segundo camino.
Bastille, el cortometraje de Isabel Coixet dentro de Paris, je t’aime (2006), sí lo muestra. Un hombre llega antes que su mujer a un restaurante en París. Ya decidió dejarla. Tiene una amante, más joven, sin el peso de los años juntos, sin las costumbres que primero se vuelven invisibles y después insoportables. Eligió ese mismo restaurante donde, tiempo atrás, se dio cuenta de que ya no la amaba, como si el lugar le gustara para los finales. Pero antes de que pueda hablar, ella empieza a llorar.
No cuento más. Si no viste este cortometraje de cinco minutos, hacelo antes de seguir. Vale la pena.
Lo que Bastille muestra con una precisión que duele es el hastío. No el odio, no una traición dramática, el hastío. Esa anestesia lenta que hace la rutina cuando uno deja de ver a la persona de enfrente y empieza a ver solo sus manías, sus defectos, el peso que carga. Lo que antes te parecía especial se vuelve genérico. Lo que era misterio se vuelve predecible.
Y en ese estado aparece otra persona que despierta algo que creías apagado. El error es pensar que ese despertar habla del nuevo amor. Habla de vos. De que todavía podés sentir. El problema no era el amor, era la atención.
Sergio, que interpreta el actor Sergio Castellitto, no elige a su amante porque sea mejor. La elige porque con ella todavía está presente.
Hay una idea en la película que me llega hondo, el marido se transforma actuando como tal. De tanto comportarse como un hombre enamorado, vuelve a enamorarse.
No es un truco sentimental. Es casi filosófico. Los griegos sabían esto, el carácter se forma repitiendo. Actuamos de cierta manera y con el tiempo esa manera nos hace. Empezás prestando atención porque las circunstancias te obligan, y te das cuenta de que esos detalles siempre estuvieron ahí, esperando que alguien los viera.
Lo que antes le molestaba deja de importar. Las atenciones hacia su mujer dejan de sentirse como una obligación. El amor no llegó de afuera. Estaba adentro, enterrado.
Por eso sería un error leer el giro de Sergio como lástima. Si fuera lástima, podría haber seguido con su amante y vuelto después de que ella muriera, sin que nadie le pidiera explicaciones. En cambio, corta. Porque lo que redescubre no es compasión sino amor. Y eso lo cambia todo.
Tengo una amiga que sabe de plantas, y por ella uso esta imagen. Hay bulbos que se marchitan hasta desaparecer. La tierra queda vacía. Uno creería que ya no hay nada. Pero el bulbo sigue ahí. Con agua y cuidado, esas plantas vuelven, a veces con más fuerza que antes.
Hay matrimonios así. Pocas historias se animan a contarlos. La cultura popular prefiere los amores que empiezan o los que terminan, el encendido o el apagado. El trabajo callado de regar lo que parece muerto no tiene épica. Pero Bastille lo cuenta en cinco minutos, y lo cuenta bien.
Susan Sontag dijo que no le interesa la gente que no se deja conmover, que no se arriesga, que no se equivoca. La que nunca se expone al riesgo de amar tampoco conoce la profundidad de sí misma. El error, la fractura, la pérdida son el material del que están hechas las personas que de verdad nos importan.
Paul Auster escribió algo que no me deja de resonar “Se vive solo. Los demás están cerca, pero la vida se vive en soledad. A veces logramos asomarnos al misterio del otro, rozar su verdad, pero eso ocurre rara vez. Es el amor, casi siempre, lo único que permite esos breves encuentros, esas grietas luminosas en la pared de nuestra soledad.”
La soledad no es la ausencia de otros. Es no poder ser visto. El amor, cuando funciona, cuando se trabaja, abre grietas en ese muro. No lo derriba. Y con eso alcanza.
Hay una dimensión de la soledad que ya no es solo íntima sino colectiva. En Córdoba existe un programa llamado “linkeadores sociales”, personas capacitadas para detectar y acompañar a vecinos solos. La soledad del que espera que alguien llame y el teléfono no suena. Es una iniciativa que dice algo del tiempo que vivimos. El aislamiento ya no es solo una condición que describen los poetas; es un problema de salud pública con consecuencias físicas documentadas. Y seguimos construyendo ciudades y vidas que lo producen igual.
Bastille habla de dos personas que estuvieron a punto de quedarse solas por no saber, o no querer, verse. Los linkeadores buscan a los que ya están solos sin haberlo elegido. En los dos casos la respuesta es la misma, presencia. Alguien que presta atención. Alguien que decide estar.
Quizás la pregunta no es si el amor se siente o se decide. Quizás la pregunta es si estamos dispuestos a estar presentes el tiempo suficiente para que ocurra.
Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com
Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)










