En un mundo de notificaciones, filtros de filtro y cuerpos en 3D, la amistad sigue siendo ese asunto complicado que no mejoró con la tecnología. Aristóteles no sabía de redes sociales, pero sí sabía de la buena voluntad mutua. El problema es ¿cómo mantenerla cuando todo tiende a volverse performance y equipo de estudio se convierten en equipo de like?
La dificultad de la amistad no desaparece; se transforma en una comedia de ensayo donde hay que hacer mucho con poco tiempo, mucha paciencia y, a veces, una carcajada para no llorar por culpa de un mensaje no respondido.
La amistad es buena cuando hay acción, no solo intención. En la era de las redes, esa acción debe cruzar la pantalla y materializarse en gestos y encuentros reales. Si no, podría quedarse en una lista de “amigos” que ni siquiera se acordaron de vos para el cumpleaños.
En nuestro país la ironía y el calor humano conviven. Las amistades se mueven entre asados, mates, viajes y el meme perfecto que ya contaste tres veces y sigue funcionando. Pero también hay que lidiar con la vida rápida, el laburo y la propia nostalgia de lo que fue la “época pre emoji”.
La amistad, para Aristóteles, es un estado o disposición que se mantiene mediante la actividad. No basta querer ser amigo; hay que hacer cosas juntos y que esa buena voluntad sea reconocida por ambas partes. En la era digital, esa reciprocidad no siempre se ve a simple vista: a veces te parece que alguien es tu amigo por los likes, pero el reconocimiento real exige presencia, tiempo y acciones compartidas.
Siguiendo con el filósofo (Aristóteles) hay tres tipos de amistad, aquella basada en la utilidad, por ejemplo, un par de compañeros de la facultad donde uno explica cálculo mientras el otro ayuda a pulir una redacción para el trabajo. Ambos ganan: uno sube la nota, el otro evita que se le caiga el promedio. Si alguien quiere cobrar en empanadas o con un asado, ya estamos en otra historia. Se trata de un dúo dinámico, cuando las metas se cruzan y el beneficio es mutuo, hay buena voluntad… siempre que nadie convierta la utilidad en explotación disfrazada de “superación personal”.
El segundo tipo es aquella basada en el placer, ejemplo de compinches para asados en una casa en zona Norte o para tomarse un café en San Telmo. La clave es que la diversión no cancele la necesidad de apoyo cuando la vida pica. El placer compartido puede sostenerse si hay escucha, paciencia y la capacidad de no exigir que cada encuentro termine en una foto para el feed.
Y, por último, la amistad basada en el carácter, ese amigo que te dice la verdad aunque duela, como cuando te ve en una selfie y suelta: “no, esa cara no va”. Requiere tiempo, honestidad y varias caminatas para conocer su carácter verdadero. Es la forma más elevada de amistad, pero también la más exigente. Lleva años, confianza y la capacidad de atravesar discusiones que se vuelven anécdotas para la posteridad.
Los seguidores pueden saber más de tu vida que tu mejor amigo, y eso no es amistad. Es un tráiler de vida en clip corto. La verdadera amistad no se mide en likes, sino en la existencia de alguien que comparte tu historia cara a cara, con mate y sin filtros.
Si le hiciéramos caso a Aristóteles, que decía que la forma de mantener la amistad es la acción, en la era digital, eso significa salir, caminar, comer una empanada, o simplemente compartir un rato sin mirar el teléfono. Si se reducen las actividades sociales, la calidad de la amistad sufre. Las investigaciones muestran que el primer año de una crisis global (pandemia) debilitó los lazos al no poder mantener encuentros y proyectos en común.
La amistad es un deporte extremo: requiere equipo, entrenamiento y, a veces, la paciencia de aguantar los chistes repetidos sin perder la fe en el otro. La frontera entre “seguidores” y “amigos” es clara como el wifi: funciona si estás donde corresponde y se debilita cuando te vas a la zona sin señal. Mantener una amistad auténtica en la era de la pantalla es como cultivar una planta en una habitación sin sol: hay que darle luz, agua y, a veces, una broma para que no se marchite.
En nuestro país, la amistad es un programa de televisión de temporada larga: capítulos de asado, charlas profundas y, en medio, un clip de cuarenta segundos que parece aclarar todo, pero que termina dejando más preguntas que respuestas. Pero cuando funciona, es la mejor comedia de la vida: risas, apoyo mutuo y la certeza de que, a veces, la vida te debe una copa de vino y una escucha sin juicios.
Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com
Podes leer todas las columnas de Fabiana Cianfanelli (CLICK ACA)










