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jueves 17 de septiembre de 2026

Lo Último

Cristales sueltos

Por Fabiana Cianfanelli

La semana pasada rompí un vaso. Nada trágico, un vaso de esos que ya venían medio flojos de la vajilla de regalo de bodas de mis padres. Lo barrí, tiré los pedazos, y ahí quedó. Ningún drama. Pero un par de días después me acordé de otro vidrio roto, de los que cuesta barrer; el de una amiga que salió de una terapia alternativa hecha percha, llorando, con una escena removida que nadie se ocupó de volver a acomodar. Ese lo dejaron tirado en el piso. Y ahí entendí que hay vidrios que se barren en dos minutos y otros que alguien tiene que saber levantar con guantes, sabiendo qué se puede reconstruir y qué no.

Hacia allí voy sabiendo que levantaré una polvareda y seguramente alguna manifestación de diferencias conceptuales. Me alegra si eso sucede. El disparador de mis columnas es justamente provocar. No para irritar sino para detenernos un ratito, unos minutos a reflexionar acerca de la realidad que nos rodea. Que como dice el tango, es cruel y es mucha.

Ok, hasta acá la anécdota suena entrañable. ¿Para qué me sirve este conector? Pues bien, hace tiempo que se han puesto de moda un sinnúmero de pseudo terapias. Ojo, esta columna no va en contra de ninguna de ellas. Soy abierta a escuchar opciones de sanación que no vengan solamente de la psicología o la psiquiatría. Lo que sí me pone en guardia es la calidad del facilitador, porque hay mucho chanta dando vuelta.

Parece que hay una recreación de la vieja Academia Pitman, ya sé, los sub 40 ni saben de qué hablo, pero por suerte existe la IA para que se les explique, de donde salían miles de mujeres sabiendo taquigrafía y mecanografía en pocos meses. Hoy el combo es otro, cursos, diplomaturas y seminarios de todo color que en seis clases por Zoom te entregan el título para ejercer prácticas holísticas orientadas al bienestar individual. La promesa siempre es la misma, el bienestar espiritual, mental o social tan deseado en estos tiempos turbulentos. Y como toda promesa linda, rara vez viene con letra chica sobre qué pasa si algo sale mal.

Y acá debo ser honesta, si hay tanta oferta es porque hay mucha demanda. Nadie te vende crecepelo si no hay calvos desesperados. Vivimos convencidos de que el malestar tiene que resolverse ya, de preferencia en un fin de semana intensivo con velas aromáticas incluidas, y no en los tiempos largos y aburridos de un análisis semanal que te lleva años.

La terapia tradicional tiene mala prensa comercial, es lenta, no promete nada para el sábado que viene, y encima te hace mirar cosas incómodas.

Mientras tanto, en Instagram hay un coach nuevo por semana que en la bio dice “sanadora de vínculos” y en el feed vende un retiro de tres días donde vas a “soltar a tu padre, perdonar a tu ex y conectar con tu niña interior”, todo antes del almuerzo del domingo. Con testimonios. Con antes y después. Con cupos limitados, porque el atajo también tiene que parecer escaso para vender bien.

Y ojo, no dudo de que algo se mueva ahí adentro, a veces se mueve, y fuerte. Lo que dudo es que mover algo tan hondo en dos días, sin nadie capacitado para sostener lo que quede suelto, sea gratis en el sentido que importa.

Mi obsesión, entonces, no es la práctica en sí. Es si detrás de ese pseudo terapeuta hay alguien capacitado para levantar los cristales que él mismo ayudó a romper.

En definitiva, todo apunta a entender los vínculos, ese entretejido humano que hace que nuestra vida sea o no plena. ¿Cómo seguís caminando si estás roto, si no lográs vínculos sanos con quienes te rodean? Los ejercicios escénicos que representan esos vínculos, constelaciones, psicodrama, y la lista sigue creciendo cada temporada, no están ni bien ni mal en sí mismos. El objetivo declarado es el bienestar emocional, y no voy a discutir que perseguimos eso.

Lo que sí discuto es qué pasa después. Esclarecer dinámicas, ok. Pero en ese camino a veces se dejan tirados jirones de la vida, y la pregunta es quién se encarga de levantarlos y rearmar el rompecabezas. Yo lo llamo abandono terapéutico, la falta de contención posterior frente a crisis emocionales, desestabilización psicológica o retraumatización que pueden aparecer si a uno lo dejan a la buena de Dios con la escena todavía abierta.

La formación clínica y el seguimiento en estos nuevos artefactos terapéuticos no son un detalle burocrático. Son la diferencia entre alguien que te ayuda a mirar tus vidrios rotos y alguien que te deja parada, descalza, en medio de ellos.

Fabi, ¿y entonces qué hacemos con los chantas? No los prohibiría, no me corresponde. Pero sí les pediría una cosa, que, si te van a hacer trizas algo adentro para “sanarte”, tengan el diploma y las agallas para quedarse un rato después a ayudarte a juntar los pedazos. Lo demás es dejar el vidrio en la vereda para que lo pise el que viene atrás.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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