Hace unos meses, en la India, un juez de la Corte Suprema comparó a los jóvenes desempleados y activistas con cucarachas, parásitos que se pasan el día en redes atacando al sistema. Después aclaró que se refería a quienes compraban títulos truchos, no a los universitarios en general, a quienes llamó “los pilares de una India desarrollada”. La aclaración no le importó a nadie. Se quedaron con la cucaracha.
Un estudiante indio que cursaba en la Universidad de Boston, Abhijeet Dipke, ex ex militante de un partido político real tomó el insulto y decidió crear uno nuevo y paródico, el Partido Popular Cucaracha. Los requisitos para sumarse eran estar desempleado, ser perezoso, tener capacidad de despotricar profesionalmente y estar crónicamente online. Empezó como chiste, de sátira online, mientras su fundador operaba el asunto desde Estados Unidos. Dejó de ser rápidamente un chiste.
El detonante real fue la sospecha de que se habían filtrado o vendido las respuestas del examen de ingreso a medicina, para millones de jóvenes indios, una de las pocas vías de movilidad social que tienen. Cuando el mérito se puede comprar, no es un tecnicismo administrativo, es la prueba de que las reglas nunca fueron parejas.
Las cucarachas se organizaron en Nueva Delhi, y en julio una marcha hacia el Parlamento chocó con la policía. Circularon videos de oficiales golpeando y arrastrando manifestantes. Según la policía, hubo cerca de 180 heridos, entre ellos policías; el movimiento asegura que más de 150 de los suyos terminaron en un hospital. Semanas después, cayó el ministro de Educación. Hoy tienen más de 26 millones de seguidores en Instagram. El triple que el partido que gobierna hace 12 años. Que un insulto se convierta en identidad colectiva más fuerte que cualquier plataforma política, y que además tumbe a un ministro, dice algo de esta generación que no se explica solo con el desempleo.
Es una generación que arma playlists en vez de escuchar discos enteros, que aprendió a deslizar el dedo para descartar antes que, para fidelizar, que borra a alguien de su vida con un click. No es que no crean en nada, es que decidieron no comprometerse con nada que no puedan abandonar rápido si deja de servirles. Ni siquiera con la aclaración de un juez, si el matiz no sirve para la pelea, no entra a la conversación.
Y en eso aparece, medio fuera de lugar, medio a destiempo, Leo Messi. El tipo que hizo carrera de la fidelidad justo cuando la fidelidad dejó de cotizar. El que se bancó años de “pecho frío”, a haters profesionales, a discursos armados para ganar rating, y a pesar de todo no soltó la idea. No la de ganar un Mundial nomás, la de sostener, partido tras partido, algo que todavía no le había dado nada.
Y sin embargo lo llevan en el celular como fondo de pantalla. Lo tienen de figurita, de sticker, de emoji en el chat grupal. Lo admiran como se admira un paisaje, de afuera, sin querer meterse en él. Porque adentro de esa historia hay dieciocho años de entrenarse un martes cualquiera sin cámaras, sin rating, sin la garantía de que iba a servir de algo, y esa parte no la compraron. Compraron el gol, no el camino.
Tampoco es que esta generación haya elegido ser así porque sí. Aprendieron a no apostar fuerte a nada, porque vieron apostar fuerte y perder, padres con trabajo “estable” que igual los rajaron, carreras que prometían un futuro que no llegó. Cuando el mundo te enseña que quedarte no te garantiza nada, soltar rápido deja de ser traición y pasa a ser instinto de supervivencia.
No sé si a la generación cucaracha, tan entrenada en el descarte, le sirve de algo mirarlo. Capaz ni les interesa. Pero ahí está, la excepción rara, el que, en vez de deslizar el dedo, se quedó.
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