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miércoles 9 de septiembre de 2026

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Equivocarse es saludable

Por Fabiana Cianfanelli

En Caffé all’Italiana (si no saben de qué hablo busquen en Instagram) pasa algo que ninguna encuesta de Deloitte va a captar nunca, un grupo de adultos que probablemente en su vida profesional no le hayan rendido cuentas a nadie, que corrigen, deciden y mandan hace muchos años, se sientan a tomar un café mientras una desconocida (no tanto para mi que me conozco bastante) les dice que el nombre del mueble de una habitación se lo confundieron con el nombre de un espacio público. Y sucede otras veces, y vuelven. Y nos reímos.

Por otro lado, leo que solo el 6% de los pibes de la generación Z quiere ser jefe. Y pienso, no es que una generación se volvió floja y la otra se volvió sabia. Es que el lugar de “el que sabe”, el que no se puede equivocar, el que debe tener razón, dejó de ser un premio para todos. En las dos puntas de la vida al mismo tiempo. Los que ya llegaron pagan para escaparse un rato. Los que todavía no lo hicieron, directamente no quieren llegar a la cima.

Y acá viene la parte que más me divierte, la que casi nunca digo en voz alta ni a mí misma, los que hoy nos anotamos en canto, en surf, en italiano para “volver a ser principiantes” somos, muchas veces, los mismos que hace diez años mirábamos a los veinteañeros y pensábamos que esa generación no aguantaba la frustración, que quería todo fácil. Bueno. Resulta que la frustración tampoco la aguantábamos nosotros, solo que la teníamos tercerizada, se la bancaba alguien más abajo en el organigrama, o el hijo, o la empleada, o quien fuera.

Ahora que nos toca bancárnosla en carne propia, frente a una profesora que nos corrige el género de los sustantivos, descubrimos que esto de no saber es bastante incómodo, aunque al mismo tiempo un desafío, y muchas veces divertido.

Es información nueva sobre nosotros mismos.

Los pibes no se anotan al casting de jefe. Vieron el precio de la butaca antes de sentarse. Nos vieron volver de la oficina sin tiempo, sin cuerpo, sin ganas de aprender nada nuevo salvo lo que Netflix nos sugiriera, y decidieron que el ascenso no vale lo que cuesta. Puede que no sea pereza, puede ser un balance de costos hecho con una calculadora mejor que la nuestra.

Así que henos aquí, pagando para experimentar equivocarnos en algo, en la misma semana en que leemos que del otro lado del río generacional, alguien se niega, de entrada, al lugar donde el sistema lo obligaría a fingir que es bueno en todo.

Lo veo cada semana. Llegan abogados, médicos, gente que dirige equipos, y los primeros veinte minutos son un ejercicio de humildad que no pueden evitar, se traban, se ríen de sí mismos, piden disculpas por algo tan chico como una conjugación mal dicha. Y me recuerdan mis clases de danza donde el error recibía castigo, mientras que ahora lo que se busca es el error, una búsqueda de vivir más descontracturados.

La liviandad del error, de la imperfección, del caigo y me levanto. Admiro la necesidad que tenemos los adultos de conectar con el inicio, con ese momento de nuestras vidas donde del error se aprendía, y había una voz que cariñosamente nos decía “no pasa nada, la próxima vez te va a salir”.

Quizás por eso el Caffé funciona, no sólo porque se aprende italiano, sino porque durante un tiempo nadie tiene que sostener el personaje de “el que sabe”. Ni yo, que armo el taller y aun así confundo un verbo cada tanto delante de todos y bendito celular que me saca del pantano.

Así que ahí seguimos, semana tras semana, gente que en su vida posiblemente no deba rendirle examen a nadie, sentada frente a una tabla de verbos irregulares que no perdona ningún cargo ni ningún currículum.

Y yo con palabras o traducciones que se me traban a veces delante de todos. Puede que el italiano no se aprenda del todo nunca. Pero eso, sospecho, no es lo que van a buscar. Lo que se busca es que alguien corrija en voz alta y descubrir que, contra todo pronóstico, se sigue de pie. Me olvidaba lo más importante. De esas experiencias se sale con las endorfinas a full y más livianos porque dejamos atrás las exigencias de lo cotidiano.

Todos necesitamos un oasis en medio del caos y de lo impostado. Bienvenidos los espacios que nos permiten soltarnos y volver a ser esos niños que no sabíamos que cuando nos caíamos estábamos aprendiendo.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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