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¿Abuelos o servicio doméstico emocional?

Por Fabiana Cianfanelli

Spoiler alerta, no soy aún abuela. Perooo estoy rodeada de amigas que ya lo son y las escucho. De aquí es que nace esta reflexión.

A ver, hablemos en criollo. Ser abuela es como ser un bombero voluntario: estás siempre en alerta naranja. El problema es que nuestros hijos se creen que porque nos jubilamos (o porque “estamos en casa”), pasamos a ser un recurso natural inagotable, como el litio, pero con olor a lavanda.

La culpa es deporte nacional. Si le decís a tu hijo que no podés cuidar al bebu porque tenés el taller de teatro o te vas a tomar un café con las chicas a la esquina, te miran como si estuvieras abandonando a un caniche en la ruta. La rebelión consiste en entender que “no puedo” no necesita subtítulos. No hay que inventar que tenés turno con el gastroenterólogo para zafar; se puede decir “no quiero” y seguir siendo una abuela de diez.

Todo empieza con una invitación inocente. Te dicen: “Má, ¿no querés venir a ver al bebu que está re lindo?”. Vos vas, chocha, con el babero puesto. Ese es el estadio La Baby-Sitter Invitada. Sos la reina, te sirven un cafecito, alzás al nene, le hacés “ajó” y cuando el pibe empieza a llorar con ganas, se lo devolvés a la madre y te volvés a tu casa a mirar la novela. Un placer. Pero ojo, porque después viene el estadio El Abuelo “Comodín”. Acá es cuando ya tenés llave de la casa. Te llaman porque el nene tiene 37.2 de fiebre y no lo pueden mandar al jardín. Vos, como sos un sol, cancelás el turno con la peluquera y vas. “Es una emergencia”, te decís. El problema es que, para tus hijos, “emergencia” pronto empieza a significar: “Me salió un partido de pádel” o “Queremos ver una serie tranquilos”. Y ahí, casi sin darte cuenta, caés en el Estadio El Abuelo Esclavo.

Si ya perdiste el derecho a la agenda, si tenés que pedir “permiso” a tus hijos para irte un fin de semana afuera porque “¿y quién se queda con el bebu?”, felicitaciones: estás bajo el régimen de esclavitud afectiva.

Y pasan otras cositas que las llamo de diferentes maneras. El Juicio de Desempeño, encima que estás ahí gratis, se ponen en exquisitos: “Mamá, no le des galletitas con azúcar”, “No le pongas ese dibujito que lo altera”. ¡Perdoname! Si querés un servicio con normas ISO 9001, pagate una niñera bilingüe. Si venís a la “Abuela S.A.”, aceptás el régimen de mimos, azúcar y libertad absoluta.

Lo más peligroso de este paso al esclavismo es la obviedad. El hijo ya ni te pregunta si podés; te manda un WhatsApp diciendo: “Ma, mañana te lo llevo a las 8 porque tengo una reunión”. Ni un “por favor”, ni un “¿estás libre?”. Dan por sentado que tu vida entró en pausa el día que nació el nieto.

Te propongo algunas estrategias “guerrilleras” de diplomacia familiar.

1. La táctica del “turno médico imaginario”. Hijo: “Ma, ¿te lo dejo dos horitas?”. Vos: “Uff, qué lástima, justo tengo un compromiso inamovible”. No digas qué es. Si preguntan, decí “temas personales”. Mantener tu agenda bajo llave les recuerda que tenés una vida fuera del radio del corralito.

2. El “tarifario” de la paciencia. Cuando se ponen en déspotas con las reglas (“No le des harinas”, “No lo dejes ver tele”), recordales sutilmente quién manda en tu casa.

3. El “apagón digital” preventivo. No respondas los WhatsApps de “emergencia logística” al instante. Si contestás a los tres segundos, sos un servicio de asistencia 24 hs. Si tardás dos horas porque “estabas caminando por el parque sin el celu”, les das tiempo a que ellos resuelvan sus propios problemas. La autonomía de los padres es la libertad de los abuelos.

4. “visitas de calidad”, no de “guardia”. Proponé vos los encuentros. “El sábado paso a buscar al bebu, tomamos un helado y te lo devuelvo a las seis”. De esa manera, vos tenés el control del reloj. Pasás de ser la que “se queda a cuidar” (pasiva) a la que “sale a disfrutar” (activa).

Que no queden dudas: amamos ser abuelas. No hay nada en este mundo que se compare con el olorcito del cuello de un bebu, con esa manito que busca la nuestra para cruzar la calle o con el orgullo inflado cuando hace una gracia que, juramos, “sacó de nuestro lado de la familia”. Pero justamente porque este amor es tan inmenso, queremos cuidarlo. No queremos que se transforme en una obligación de planilla de Excel ni en un favor que se cobra con cansancio. Queremos ser abuelas por elección, no por descarte.

Una abuela que tiene su propia vida, sus amigas, su cafecito y sus silencios, es una abuela que tiene mucho más para dar. Queremos que los nietos crezcan viendo que su abuela es una mujer plena. Que sepa que estar con ellos es nuestro momento preferido de la semana, pero que ese momento es un regalo, un encuentro de dos libertades que se eligen para quererse. Cuando los límites están claros, el amor fluye sin interferencias.

Podes escribirme a cianfanellifabiana@gmail.com

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